lunes, 14 de octubre de 2013

domingo, 13 de octubre de 2013

Secuencia de "Japón", de Carlos Reygadas




martes, 17 de septiembre de 2013

Un antiguo interior


Jugábamos a decir

palabras de extraña luz...
                             Nelson Merren

lunes, 5 de agosto de 2013

El potente calendario negro de Merren




Por tantos años, tantas lecturas a Calendario negro me han regalado un sinfín de estados, en un sinfín de épocas, que definitivamente se ha vuelto una especie de alucinante. El volver al libro es como un culto extraño. Hablar de favoritos para mí siempre ha sido un tema horriblemente complicado, pero aquí hay total certeza, este es uno de los libros que siempre cargaré en mi molicha, cuando esté vieja. 




Elogio de mi muerte

Pétreo soñar. Anémona de gozo
salida de la luz en duro duelo.
Ciego soñar. Un áncora en el pozo
que no busca el rielar de ningún cielo.

Boca sin voz, pupilas con invierno
y un coágulo de sombra cercenada.
Nepente de lo fuerte y de lo tierno.
Distancia sin geranio y sin albada.

Ciego cristal de ausente lejanía
derrotando la risa y la agonía
con su fulgor de piedra sumergido.

Pórtico de la sombra. Ensimismado
inmemorial estanque silenciado.
Y olvido siempre. Para siempre olvido. 


Esperando

El circulo, o lo informe, o
lo que no tiene volumen, pero
que me ofrezca quietud.

Lo imponderable, lo que no tiene dimensiones
pero que no deje de filtrar ningún recuerdo.

Lo luminoso o plúmbeo, sin que pueda saberlo,
pero que adormezca para siempre
cualquier ansia.

Allí disolveré mi título de hombre,
que me hizo candidato para todos los infortunios.
Allí no me agitaré con fútiles alegrías
ni con sinceros dolores.
Allí me olvidaré de amar conceptos
y de ser engañado.
Allí mis pasiones se habrán esfumado
y dejarán de zarandearme.
Allí olvidaré que el hombre es admirable y perverso
y olvidaré mi latitud y el Tiempo.


El grito

Prepárate, corazón
despliega
la roja red de tus arterias
hasta que toque los confines de la sombra.
Hazlas brillar con odio en las tinieblas,
que su ominoso resplandor le grite
tu odio y tu protesta, cuando bajes la sombra.

Recuerda los desiertos cardenosos,
la pálida alegría y el jadeo,
los tortuosos venenos, y el gemido,
grita, corazón, grita
avienta tus redes a la sombra,

brilla de rojo y de odio, grita
tu protesta al poder que te retuvo
en un mundo quebrado por aullidos
de dolor, por terribles espirales
de locura y de pena,
grita tu desesesperación de muchos años,
grita con odio tu dolor, tu pobre
pero enorme dolor,
grita tu soledad hasta enronquecer de odio
hasta que tu clamor llene toda la sombra
y sea una sola cosa con la sombra.


Palabras

Jugábamos a decir
palabras de extraña luz.

Tú decías: Amor.
Yo decía: Morir.

Tú decías: Llama.
Yo decía: Muerte.

Tú decías: Fuego.
Yo decía: Nada.


Más allá

Más allá de la piedra
y su severo templo detenido,
más allá del origen de los ecos
está la paz.

Más allá de los pálidos espejos
y sus archivos de rostros y gestos
adivino su filo silencioso.

Voy por un cielo de ceniza y viento
a su orilla de sombra sumergida.

Voy con un traje de anegada aurora
y marchitas cigarras desveladas.

Con húmedos relojes asfixiados
y geranios podridos en la mano.

Allí me está esperando:
una ciega ecuación para los ojos
y un gran silencio blanco para el pecho.


Los edificios encantados del pozo

Los hombres me presentaron una vez
un libro, y lo elogiaban
interminablemente, pues era
el Libro de la Verdad y del Amor.

Pero sólo era un inventario de castigos
y un catálogo de amenazas.

Y siguieron trayéndome libros
que decían la Verdad,
pero esta Verdad afirmaba
(a veces con palabras de muchas consonantes)
que todo es ilusión, o que somos parte del Todo
o limpiamente me aconsejaban
convertirme en una momia:
no amar siquiera
la belleza de un árbol.

Luego, el secreto genial: hay que darse
a los demás.
Etcétera.
¿Cuándo terminarán de afanarse
los pobres hombres?
Otros piensan que hay que entusiasmarse 
con la vida. ¡Que vengan alegrías y penas!
¡Así se forma el carácter! ¡Hay que vivir!
¡Hay que vivir plenamente
y darse a los demás plenamente!
Etcétera.

Respiro el aire del mundo, 
y no puedo prorrumpir en cantos de alabanza.
No puedo entusiasmarme con el dolor.
No puedo oír mi pecho
atento al dolor que lo devora,
sentir que avanza y exultar: ¡Es la Vida! ¡La Vida!

Yo sólo podré alegrarme cuando las sombras caigan.
Yo sólo puedo decir los cantos de la muerte.


Sabor a sombra

He tomado parte en sesudas discusiones
sobre si la poesía política
tiene derecho a llamarse poesía
y comido ancas de rana y horrorosos percebes
y panes con miel y toras ácimas
y visto salir el sol y recordar en ese instante
que los poetas lo han llamado el ojo del día
y dorado emperador
y leído deliciosas y cretinas novelas pornográficas
y dramas en que la virtud es recompensada
y me he aburrido de tanto día soleado
y añorado los de lluvia
y tenido diez días seguidos de lluvia
y añorado los soleados
y he hecho cosas indecentes en ciertos parques
y visto caer la noche y tratado de crear una frase nueva
y viajado en auto y en ferrocarril
y comido duraznos y humildes bananos
y dicho: en cuanto lea todo lo del socialismo
podré morirme en paz
y olvidado de todo con unos vasos de vino
y bañado desnudo en los ríos como un polinesio
y dicho: en cuanto vea todas las películas
de esa famosa actriz podré morirme en paz
y viajado en distintos tipos de aviones
y dicho: ¡la inventiva del hombre blanco!
y he quebrado espejos grandes
y tratado de olvidarme de los días amargos
y dicho: en cuanto pruebe todos los cocteles
podré morirme en paz
y sostenido sin creerlo que los hombres fuertes
tienen poco seso
y lavado mi cuerpo con jabón perfumado
y pisado inmundicias en callejones oscuros
y comprobado que en China el blanco es color de luto
y echado de mi cabeza a escobazos los días amargos
y extasiado con los nombres de las estrellas
Altair Vega Sirio Benatsnach Zubeneschamali
y dicho: ¡qué vida tan rica la mía!
y sonreído de niños descalzos y de vientre hinchado
que se llaman César Augusto
y visto que soy prácticamente igual a los chinos
y a los negros
y escrito con plumas de ganso
solo por curiosidad
y examinado mi espalda y aún más abajo
en un gran espejo
y examinado mis ojos en un espejo
y visto algo en ellos infinitamente doloroso
y recordado toda mi vida
y visto que no hay nada como el éxtasis negro
de la muerte
y sentado en parques, bajo el viento helado
esperando que llegue
y deseado siempre, con cada latido de mi corazón
la paz que no termina.




Nelson Merren
y su cara de psycho

domingo, 28 de julio de 2013

xD

"(...)

Para las señoritas (pues no había señoras que moraran en este caserón, inclusive las trabajadoras quienes, para servir donde las Zanatas, necesitaban esa condición indispensable) solo había un "excusado de trampa" como llamaban al inodoro. Los hombres teníamos un espacio al aire libre detrás de las matas de plátano para hacer nuestras necesidades fisiológicas. Era allí donde, de cuando en vez, me encontraba en muy deslucida posición con el coronel Verdugo y el negrito Apolonio, espantando a pedrada limpia a los zopilotes que no nos dejaban tomarle el gusto al diario evacuar... Recuerdo que una vez el mencionado coronel me hizo esta filosófica observación: Por qué será Rosa, que las gentes con la mayor naturalidad se invitan para una comida y no hacen lo mismo para una descomida? Imaginate -agregaba- una rueda de amigos sentados en excusados de trampa, contando cuentos o chascarillos y a la vez dándose el gustazo de expulsar los residuos de la comida digerida, ¿no tendría eso encanto y originalidad?

(...)"

Marco Antonio Rosa
Mis tías "las Zanatas"

martes, 16 de julio de 2013

Poemas de Clementina Suárez




Estrella, árbol y pájaro

En la estancia de la noche
sola yo, soy una estrella.
Sola yo, soy una estrella
en un ángulo de la luna.

Noche que desgaja lunas
para mí, que soy árbol solo.
Árbol solo, gris y estático
que no va dejando sombra.

En un ángulo del mundo
canto yo, pájaro solo.
Canto yo, pájaro solo.
¡Ah qué antigua es mi canción!


Los arados

Se han bifurcado las sendas
y van atrás los arados.
He comenzado a llamarte "compañero"
y he cosido mi pobreza a tu pobreza.
Yo un punto, tú otro punto
—alguien nos hundió el dedo en los ojos—
porque los dos lloramos sangre...
Pedazos de mi vida, de tu vida
van roturando los arados.


Poema en gris

Igual que un pájaro en su jaula
que no tiene un cielo azul
donde extender sus alas
—así me echo de menos—
sin los cielos untados de tu presencia
donde mi dicha pastoreaba nubes
tarde a tarde.


(de Veleros, 1937)


Una obrera muerta

Yo no bajaré a la tumba convertida en harapo,
ni un solo diente de mi boca se ha caído.
Las carnes en mi cuerpo tienen su forma intacta
y ágil en su tallo se yergue la cabeza.

Yo iré a la muerte pero con el labio fresco,
con voz firme y clara responderé a la llamada.
Yo sé que están contando los minutos de la vida
y que jamás el destino su sentencia retrasa.

Sobresalto no tengo por entrar a la sombra,
nadie quiero que venga por mi muerte a llorar,
la espuma de mi sangre como aceite se acaba
y para ese instante a todos solo pido silencio.

No quiero que ya muerta peinen mi cabello
ni que las manos juntas pongan en mi pecho,
quiero que me dejen así como me quede
y así en la tierra abierta me vayan a dejar.

No quiero que me vistan, ni que me ultrajen muerta,
estando conmigo los que nunca estuvieron.
Compañeros sinceros, los que siempre tuve,
solo esos que se encarguen de irme a enterrar.

Tampoco quiero seña, ni que una cruz me pongan,
no quiero para mí nada que los pobres no tengan.
Pues aún después de muerta, mi puño estará cerrado
y en el viento mi nombre será como bandera.


Lamentos en el espacio

Afuera ruge el viento. Tu cabeza está
en mis piernas.
La noche se entretiene en ronda de fantasmas.
Aguas desbarrancadas cortan narcisos y nieblas,
para adornar la tumba de tanto pájaro muerto.

Tú peinas y despeinas mi cabello
mientras el mar arrastra sangre y lodo.

La sombra parece que esculpiera cadáveres.
¿Quién llora y se desespera en el aire?
Amor. Tú estás dormido,
—sin darte prisa por salir de la noche—
mientras yo atajo lamentos
de madres y de niños.


(de De la desilusión a la esperanza, 1944)



Mirando extasiada al cielo

Sentada a la orilla de la vida
yo soy tres:
mi sueño, la poesía y yo;
pero lo que ahora digo
lo borra mi sangre con su veloz vertiente,
entretanto el reloj
—rompeolas de los días—
inventa una nueva hora,
en la escala gradual del tiempo.
Anterior al péndulo
y al vuelo de las golondrinas,
está mi luna que llora y ríe
en un exacto protectorado de palabras.
Yo no sé cómo cerrar los ojos,
reconquistar las tardes,
las memorias
y los paisajes
en una sola fuente recóndita
que afirme definitivamente
el soplo primigenio;
a nivel de la rosa que no se marchita
en el seno,
o de la nube que se hubiera quedado
prendida en la ventana
mirando extasiada al cielo.


Rebeldía

No he venido al mundo
para llorar. No es con lágrimas
que se obtiene la alta dimensión del hombre.
No es a que me maltraten
ni a que me humillen.
No me arredra la lucha
por más encarnizada que ella sea.
Afianzada tengo el alma
a un rojo encendido de fuerza
que puede maldecir
pero jamás humillarse.

No importa que pretendan negar
la luz de mi destino,
que rompan despiadadamente
el encaje del sueño,
que destruyan el azogue de mi espejo,
que me sumerjan en la noche sin adioses,
que con saña me nieguen el pan, la sal y el agua.
No esperen que por ello me doble dócilmente,
aunque la carne sea siempre la carne
mis entrañas ya casi son de acero.

Mas lo que así pretendan
que por mí no teman
que haría falta para ello desconocer
que yo aprendí a cantar con las palabras justas.
Y que he encontrado la verdad en la médula de mis huesos
y que por eso marcho a espaldas de la aurora
como si ella misma naciera en mi costado.

Ignoran acaso que en el recinto de mi pecho
he dejado entrar el universo
y que tengo como cumplido deber gozoso
amar la justicia, la lucha, la esperanza
y afianzare a ellas
con mi corazón, mi canto
y la vida misma.

Y que por ello en todo tiempo
para mi sueño es la primavera,
la tierra toda florece
y adelante para mí su simiente milagrosa.

Sin negarme jamás a sangrar,
hasta dejar como caños vacíos las venas,
dislocarme de espanto en horas tormentosas,
rodar como un animal herido,
saborear mi saliva como si fuera una fruta,
tocar sonámbula mi propio esqueleto,
acariciarme yo misma
a fuerza de sentirme tan desgraciada.

Pero eso no será nunca estar vencida
ni naufragada en ningún planeta.
Será acaso como estar momentáneamente cansada
de un largo viaje...
para empezar el nuevo día con más violencia.
Pues hay que saber que cuando el pecho casi estalla,
el dolor es su única defensa.
Además qué triste sería ser invencibles
únicamente por el miedo a sufrir.

Mi pecho abierto a los cuatro costados
se viste, se desviste, anda y desanda los caminos
y jamás se protege del desamparo.
Él sabe que sería risible disfrazarse con máscaras,
que solo hay una forma segura de ganar el combate
y es entrar en él con el cuerpo descubierto
pero con plena decisión de pelear
hasta ganar o perder.

Que vivir es seguir viviendo,
buscarse minuto a minuto,
hasta encontrar la voz servidora
que nos permita dar el mensaje
de lo verdaderamente eterno.

Yo sé que atrás se quedará mi rostro
pero que mi voz estará siempre en el alba,
que no hay tumba para la férvida palabra
y mucho menos para el canto que va de boca en boca.
Que este es un frágil milagro de inescrutables designios,
una belleza que se acrecienta cada primavera
y una eternidad que se levanta del mismo cadáver
para no morir nunca.


Combate

Yo soy un poeta
un ejército de poetas.
Y hoy quiero escribir un poema,
un poema silbatos,
un poema fusiles
para pegarlos en las puertas,
en la celda de las prisiones,
en los muros de las escuelas.

Hoy quiero construir y destruir,
levantar en andamios la esperanza.
Despertar al niño
arcángel de las espadas,
ser relámpago, trueno,
con estatura de héroe
para talar, arrasar
las podridas raíces de mi pueblo


(de El poeta y sus señales, 1969)

miércoles, 12 de junio de 2013

Un poema de Edilberto Cardona Bulnes

Buscando otras cosas me encontré con una antología de Cardona Bulnes, publicada por la Secretaría de Cultura en 1993, en ese tiempo, bajo la dirección del poeta Livio Ramírez. De todos los textos incluidos, hay un poema que personalmente no conocía, así que aquí lo dejo.




Reinaldo Bonilla de Usulután


1.
Si vive el corazón, y no anda lerdo
con tanto muerto, muerto, y muerto más
vivir es convivir un sol bravío
y ellos pagan vivir con el recuerdo.

Oscuro bosque azul donde me pierdo
y en tanto amor que llena el vacío,
tanta blancura yerta en yermo frío,
al amor y el dolor orden de acuerdo.

Ah; pacto por la vida y con la muerte,
que nadie romperá. Así te lanza
a mis brazos tu muerte, leve y quedo.

Vives mi vida tú, y yo te heredo.
Vivo tu muerte yo. Esta es la alianza
y así pago mi deuda por quererte.


2.
Y no, no hablo de penas. Sólo un chorro
sale de sangre de mi boca amarga
quemando sin sudor, y en que se embarga
todo el dolor que cargo por ahorro.

No. No digas más, no, que no me corro
más que en la propia herida que se alarga
sin quererse cerrar, tan honda y larga.
Una la vida. Es el socorro.

Por eso, aquí, en mí, donde oprimo,
para poderte ver tengo que hundirme
la suave llaga que dio la primavera.

Y al verte en ti, y verme sin tu ánimo,
sé que cayendo tú sigues firme
para darme en tu muerte vida eterna.


3.
¿Y a dónde iría el llanto de la tierra
si es todo mar y viento y fuego y humo?
Me sorbes todo tú, y así te asumo
porque la misma sombra nos encierra.

Mas, ve qué paz en zanjas de esta guerra
y mira qué ganancia en el consumo
de nuestra misma muerte, a precio sumo.
¿Quién podrá subastarlo? ¿Quién te entierra?

Todo llega al total que solo es uno.
Así en la vida la propia muerte empalma,
que si has llorado en mí también sonríes.

Y así el llanto es rocío al seco ayuno,
y bien sé que mi sangre es toda tu alma
en rosas en que vives carmesíes.

domingo, 2 de junio de 2013

Retrato de Edilberto Cardona Bulnes




Este retrato aparece en una antología de Edilberto Cardona Bulnes publicada por la Secretaría de Cultura. No se señala el nombre del autor o autora del mismo. Hoy que se conmemoran 22 años de su fallecimiento la comparto para dejar una nota de recuerdo por nuestro Bulnes memorioso. 

miércoles, 29 de mayo de 2013

Poemas de "Mitad de mi silencio", Antonio José Rivas




Pájaro absorto

Yo, pájaro sucesivo
río de aguas habladas
si es querer estar triste,
quiero solo un instante
escaparme del eco de mis cinco sentidos
volar sobre lo muros
(volar para las aves,
río y vuelo en un barco,
ya es morirse dos veces).
Quedar, sin saber cuando
ni donde ni en qué forma,
despojado de todo.
De todo despojado,
mirando el gran poema
desde un pájaro absorto
como un ojo absoluto…


Lugar de la palabra

Palabra: rásgame el velo
que me aparta de las cosas.
Amarás como de nuevo
el mundo nace a tu costa.

Descubre tu maravilla.
Rompe tu carne y tu veste.
Y en el rumor de la brisa
prende la luz de tu frente.

Ni el alma tan oscura
peregrina del misterio,
ni el agua por tan desnuda,
han de golpearte el silencio.

Desde tu sangre escondida
abre tu vida y tu muerte.
Y bébete la campesina
sed irremediablemente;

que es sed de cántaro roto
y de dolor agrupado,
de arena al sol –sol de plomo–
y de viaje desmayado.

Si tu amor es pequeño
como alondra dividida,
la mitad de mi silencio
es la razón de mis rimas
y dime por qué te sabe
la fuente si no te estudia.
Y por qué los alzacuanes
convierten el agua en lluvia.

Por qué, di, en tus malabares
le llamas hombre a la arcilla,
si cuando zarpó una nave
no llegó una golondrina.

El pez lucha y es su espada
sombra del cuerpo del río.
Eso es verdad y es batalla.
¡Y tú lo llamas destino!

La alondra canta y si vuela
es la pestaña del canto.
Y tú dices que es estrella
que nació por el ocaso.

En cambio callas que arrullas
el corazón del suspiro,
cuando dices que la espuma
es la sombra del sonido.

Cierto que tiene sus dioses
el árbol bajo la tierra
(el azul y el horizonte
son el color de otra pena).

Que si al nivel  de tu espejo
te sueñas ya imaginada,
serás el primer destello
nacido al revés del alba.

Que si en el césped hay sangre
de besos recién cortados
es porque tiembla en tu talle
la llama azul de los astros…

Palabra: siembra el cuerpo
en el alma de las cosas,
y verás altas en tu huerto
ya la rosa de la rosa.

Siémbrame un árbol y un nido
–no me preguntes en dónde–
por los ojos de los niños
cruzan pájaros sin nombre.

Acerca, acércame el vuelo
de tu abeja rumorosa;
y me sueñas en tus sueños
y al mundo haciéndose a solas…

Pues aun sin serte el gerundio
ni el ¡ay! de no saber cómo
en tu hoguera me consumo,
me sigo llamando Antonio.

                         
Ojos de tiempo azul

I

Ojos de tiempo azul y en la sonrisa
toda la claridad de la mañana.
Por la más alta estrella, soberana
luz entre luz, y por la más sumisa.

Por la más dulce y por la más temprana
rosa en el alba y música en la brisa,
más allá de su luz uno divisa
el mar, no más que el mar… ¡y la mañana!

Y en el azul azul, azul marino
–mar en el verde azul de sus pupilas–
sueñan el marinero y el camino.

Y en el azul total: las ilusiones,
y al paso de sus dalias y sus lilas
todas las aves y las estaciones.

II

Ojos de tiempo azul y en la mirada
más que lo azul el mar suspira… espera…
Y más que el mar y por la verdadera
alba en el mar, el alma inmaculada.

Ojos de tiempo azul. Luz prisionera
entre el ave, la rosa y la enramada,
desde que la ilusión de la llamada
tembló en los dedos de la primavera.

Su voz llega en la infancia del sonido
y es la evidencia del zorzal perdido
en el piadoso aroma de los huertos.

Pero lo triste en todo marca su hora,
y ha de saber que hambriento nos devora
el mundo de los vivos y los muertos.

III

Dejo este sueño a mi manera
de regreso de un campo de ceniza
que le corta la flor a la sonrisa
y le niega la luz a la pradera.

Dejo este sueño a  un lado de la brisa
que le deba peinar la cabellera,
y en reloj de minuciosa espera
donde mi corazón se pulveriza.

Cuando sepa del tierno silabario
como se escribe tórtola y calvario,
ya irá por los senderos decisivos.

Y aprenderá los puntos cardinales
deletreando los bienes y los males
que nos causan los muertos y los vivos.


Autoelegía del hombre que se quedó solo

I

Llano del tiempo firme.
Una piedra. Una cruz.
Escribo desde el mapa llorado de silencio
vertical en la sombra de mi espacio dormido...
Una herida en la tarde.
Yo me vine en la piel de una caricia
desmoronada. En un suspiro.
Dejando el ala curva de mi sangre
para el vuelo del polvo
y de los árboles.
Yo me vine una tarde...
Y hoy sustento otra sombra,
la vista helada
y el corazón quebrándose en mi nombre.
Aquí todo es igual:
crecen signos hermanos
y universos sencillos.
El color de la raza:
un pormenor de copia
ya archivado.
La vanidad no llora,
pero tampoco ríe.
El orgullo es un gallo
sin canto y sin motivo.
La estatura se acuesta,
por humilde,
en la sombra.
La esperanza es sencilla:
ojo inmóvil helando los contornos del tiempo.
El recuerdo: no tanto.
El filósofo sabe por su espejo
que es diáfano testigo de lo que no se sabe.
Y el poeta se suicida en sus alondras
para que al menos sobreviva el ala.


II

Aquí la tierra crece sobre el cuerpo
de un modo natural y sin reservas.
Allí la tierra muere bajo el aire
y al lado de la sangre
y de la lágrima...
Allí muere la tierra
desde la tierra grande de la Patria
hasta la humilde tierra
para beber las lágrimas.
Para tender al niño
que aún implora su almohada.
Para sembrar el vuelo,
la sombra de los árboles.
(Aquí la sombra crece por instinto)
y hasta para querer falta la tierra,
que es carne y savia y nombre de la Patria.

Pero esta tierra es mía.
Ni rosas ni plegarias.
Yo me conformo con que en el silencio
le hagan dulce la vida
en lo que puedan
a mi madre,
a mi cercana sangre,
a la gente de amiga claridad,
y al pobre perro
que alargando su olfato entre la sombra
aún espera los viernes mi retorno.


III

Aquí la tierra crece sobre el cuerpo
de un modo natural y dulcemente.
Ya no pesan las flores ni las lluvias.
Ya no pesan los días ni los astros
caídos sobre el viento.
Ya no pesa la luz ni su conjunto.
Ya no pesan las piedras,
ni los pastos, ni el salto del conejo,
ni el ala súbita de los murciélagos,
ni la cristiana piel de los corderos.

No pesan ni el dolor
ni todo el aire,
ni la noche, ni el sol,
ni la alborada,
ni el sonido, ni el pez, ni la memoria,
ni el olvido, ni el mar...
Sólo, tan sólo pesa, compañera,
sólo pesa una herida
irremediable:
la herida que me abriste en el costado,
compañera del alma, ¿lo recuerdas?


IV

Por ti en esta elegía,
por ti,
ya desde el fondo de la muerte
vertical en la sombra de mi espacio dormido:
escribo con mis huesos.                                                                                                                                                  
El silencio
inefable deidad,
luz de puntillas.
De sorprender la delgadez del aire
y el polen original de la caricia
se alimenta su piel.
Lleva en sus labios la niñez del alba
desde que un día
la soledad lo enamoró por señas.
Todo se dijo ya para su boca.
Y es así: tan cercano y tan distante
tan inmenso y tan puro
que se escucha a sí mismo...


La palabra iluminada 

Hay que acercar el tímpano a la tierra
para escuchar el grito de la sangre.
De la sangre uniforme y numerosa.
De la sangre
que va de la raíz a todo el árbol.
O la palabra que se lleva los lirios hasta el agua,
o que nutre su piel contemporánea
con su plumaje de aves milenarias...
Que hablar no es sólo proferir un día
el nombre de las cosas,
ni tallar ademanes en el aire,
ni vestir el vacío
con abrigos de pieles invernales.
Hablar es desde herir de claridades
el sonido,
hasta llenar de esperas el silencio
(el silencio es memoria y profecía).
Hablar es desnudarse en la palabra,
vivirse en la palabra iluminada,
saberse entre la luz de cada aurora,
y querer ser la luz
y perseguida
hasta llegar al pie de la estatura
del cuerpo del amor...
Hablar es acercarse a cada instante
al rumor de las aguas inmortales.

viernes, 10 de mayo de 2013

Poemas de "El interior de la sangre", Antonio José Rivas




Alta mar de la noche

Estoy en el lugar que yo quería
para observar mejor el eclipse de luna.

Antigua entre las piedras
y los postes eléctricos
la ciudad se entretiene fumando
cigarrillos.

La gente posa o pasa
derecho a no sé donde.

Una señora hermosa
con su amor ocupado
no repara en el cielo,
pero alguien le asegura
que "es contraproducente
que el eclipse la vea".

Una hora más tarde
si alguien ve: es muy poco;
si algo se ve: es la ausencia
de todo.

Lo negro dado se alza
como antorcha apagada.

Ciega de un solo, ciega
la noche
es como si esperase
la primera palabra
de la creación...

El momento le tapa
los oídos al pueblo
o le borra, incesante,
los nombres a las cosas.

Suelta entonces la noche sus costumbres:
su nombre llena
en círculos concéntricos
los espacios queridos;
el amor lee en los parques
frases sobreentendidas,
y es,
en definitiva,
perfecto como un nido,

(los propósitos negros
no se ven en la sombra)

el reloj de la torre
dio un día más al viento;
yo: cuento un día menos.

Pasa una hora,
despacio.

La luna parte arriba
su amarillenta huelga de luz,
y aquí en la tierra.

Atraviesa la calle un espanto
corrido color de gato negro

el corazón lo sabe;
yo: todavía
dudo.

Pasa otra hora,
cansada.

Ya el silencio se lleva sus secretos
golpeados por las tres de la mañana.

Salta una voz sin nombre
para cualquier propósito;
y una máquina,
lejos.

Ando escrita en los ojos
la noción del desvelo.

En la casa de enfrente:
interior de mi sangre,
duerme un rumor unido
de cuatro corazones
que hoy adoré más tiempo
que otros días
sin noche.

Como una rosa rosa
                se entreabre la alborada.

Una campana alegre
con su "tic" antialcohólico
y su voz de soprano
le hace gente a la misa.

Abre el templo su paz de lobo manso.

Y la nomenclatura
del pecado y el crimen
fabrica nidos sordos
en los confesionarios.

Mira hacia atrás el alba,
mas la noche se ha ido...

Y antes de que cantara algún gallo
cuántas veces,
quién sabe cuántas veces
te habrán negado,
amigo!



Poema del recuerdo con un árbol y un pozo

1

Nadie conoce el sitio donde el aire nos besa
la primera memoria;

nadie donde la sangre dilata el territorio
de las dulces palabras;

donde el geranio inserta su edad en la caricia;

donde la superficie del agua baña lo hondo;

donde la golondrina dejó trazos de dicha
para el abecedario;

ni donde, acaso, el número
—flor y única tristeza de lo puro—
llenábamos de estrellas la mirada
por la primera vez de una sonrisa.

Y sin embargo dicen
                               que es tan largo el camino!


2

La casa del recuerdo
me ha mirado en el alma.

¿Y el árbol?
alza todo su cuerpo
como si fuera un largo camino
que no fuera
sin el timbre no tocaran
los recuerdos:
esos lentos relojes
de la vida
que desdicen las horas
y el camino.

Alza el árbol su cuerpo
y sostiene su copa
en cualquier parte del viento
y de lo que ha quedado de los últimos días
de pavor y de sangre,
de dolor y de luto

como alguna lección de la botánica
es un resumen de hojas
que dialogan
llorosas
con las terminaciones del silencio
y la nube.

Mas no hay como llegar al árbol mismo
tentado de oropéndolas
y trinos,
mientras, jurando amor,
los dedos de la tarde
van deshojando apegos a la tierra
de lo verde.

La luz
sube por los designios de las flores,
besa la oscuridad de lo evidente
y abre juegos de azar
a los gorriones.

Al regresar
—un mundo de arcángeles caídos—
pinta la sombra de su ser:
la sombra.

Pero el árbol le dice su figura
y el lugar en que es triste
("Recuerdos de ...... 1930")
noche y día.


3

Como una loba inmensa
que buscárase olvidos en el pecho
o como un acto —poco—
de contrición
en el centro del patio
se abre un vano cilindro
que repite palabra por palabra
todo ruido.

Fue —comprendo— una anfibia
palabra: un pozo —un solo
pozo que fue llenando
de arcángeles el agua
con un niño muriéndose
hacia abajo.

Hoy, sin paz
líquida,
como un oscuro pensamiento
guarda la claridad de un niño
muerto.

El muro ciñe ahora
todo un aire de pena.

La pena hace más honda
la vertical herida.

Y el hoyo
—cabizbajo—
búscame el cuerpo, como
yo mi alma, en la sombra...