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jueves, 18 de junio de 2015

Selección de poemas de "Estrago que hacen las malditas flores", León Alberto Serret (*)


Meses atrás en una visita que hice a Casa de las Américas crucé la vista con este libro, puesto tristemente en los estantes de libros viejos, y por pura inercia decidí comprarlo sin tener la menor idea de quién era el autor o qué hacía. No me arrepiento. Estrago que hacen las malditas flores es uno de esos libros que, al leerlo, se abandera en tu gusto con el cetro de verdadera poesía.   






Aromas

recordando a Jean-Baptista Grenouille

Huelo a hombre que sufre de un silencio que mata.

Huelo a sábado mustio después de la llovizna.

Huelo a mierda de perro,
a hijo mayor
de Rosa Yéndez y Alberto de los Ángeles...

Huelo a moro emigrante podrido bajo tierra,
a hermanos que envejecen
y a suegro que se queja de su suerte a lo lejos;
a bomba de neutrones,
y a nostalgia y merengue
y zumo de vainilla de los huertos de Oshún
(la madre que me ha dado su obsesión por el sexo
y me enseñó a admirar mi parte femenina).

Mi olfato se emborracha de mixturas disímiles
así como mis ojos se aturden con imágenes
y el oído con música de Mozart o de Lennon...

Nací lleno de olores:
esencias intestinas
que a veces se desarraman provocando mareas:
huelo, por ejemplo,
a jazmín
y aceite de ricino
y palabras que tiemblan al filo de la lengua;

huelo a ganas de echarme sobre pechos rendidos
y clavarle los dientes a un ala de sinsonte;

huelo a criaturas suavez que yacen bocabajo
para que las penetren
con una pinga inmensa de ochenta megatones...;

huelo a pollos del patio amenazados
por el hambre del zorro;
huelo a rabia y pudín de pan, a tíos muertos...

Cualquier persona común y corriente
podría percibir
mi tufo a gasolina
y albahaca
y azufre...

No hay hediondez externa o visceral
que no me pertenezca;
no hay extracto posible que no hierva en mis poros,
ni espíritu o serpiente de nostalgia olfativa
que prescinda de mí...

Huelo a miles de angustias,
a milagro inminente,
a poeta que se agita ante el olor humano
y aspira sólo a oler,
            a oler
y continuar oliendo
hasta el fin de sus días.

Soy como un pobre monstruo
que tiembla arrodillado
ante el olor profundo de las constelaciones.


Presencia del agua
(en el primer día de enero y en cierta ciudad de provincia)

Otro año acaba de entrar en escena
acogido por salvas de cañón, fuegos artificiales
y andanadas de plomo que simulan
extrañas grabaciones de música underground.

Mi madre está a mi lado, mayor que de costumbre,
con sus nudos de agua decapitada
rielando en el petróleo de la medianoche.

El agua de borrajas que supuras,
madre,
y las tantas ausencias
(desgarros de la nada en estado larvario)
sobrenadan en el abrazo mutuo,
o acaso se deslizan hacia el fondo
procurando evadir nuestro contacto.

Te permito que rompas el coco frente a casa
según indica la vieja tradición;
pero a esa, el agua insípida,
la gran sierva potable y lavandera,
no la arrojes, por Dios, déjala con nosotros,
madre,
no la tires; concédele
seguir participando de nuestra intimidad
de arena y limo. Porque, dime:
¿no te has puesto a pensar en el prodigio
de sus pozos múltiples, ni en las tantas tremendas poluciones
con que el agua disuelve los remordimientos
además de las cosas que no hicimos
por pura cobardía, los besos que no hincamos
temiéndole a los celos del ángel tutelar...?

Gracias al agua,
madre,
logramos compartirnos
con el milagro de la fotosíntesis.
Gracias al agua el dolor me ha diluido
a veces (sólo a veces)
por el tibio contorno de tus párpados.
Gracias a ella
los oscuros icebergs arrastrados
por el flujo y reflujo constante de las horas
van a encallar de pronto entre los albañales
y acueductos de luz que hay en mi pecho,
o pasan como góndolas de oro sobre los libros
dejando charcos fértiles por cada contracción
vital, por cada verso...

Gracias al agua,
                madre,
hay criaturas de trapo quemándose en la hoguera
y los niños, nosotros, cantando en derredor
un tierno villancico
casi a la vez católico y profano;
y piñones sagrados, piñones que si cortas
un viernes misterioso
dejarán salir sangre de un Cristo erosionado
por la misma carcoma que erosionó a mi padre;
y soldados de plomo,
vendajes contra el miedo
y el sorbo de café
que te ayudaba a ser como una reina maga
que fabrica juguetes sin mucho en el estómago.

¿No sabes acaso que el agua (esa ala insomne)
en su rigor de líquido elemento
sustituye las flores putrefactas por regueros de líquenes
(líquenes de una rara variedad tropical)
o por algas traslúcidas que fingen espejismos
entre el vaivén sutil del pensamiento,
tan cruel e incomprensible como ella?
Oh cisterna sin formas que se traducen en savia
y acaba saturando la otrora compulsión;
lava casi indolora que fabrica sus piedras
metamórficass sólo para echarlas más tarde
con dolor, por la uretra,
imitando el parto de una tortuga...

Todo eso,
madre,
y muchísimo más que se me escapa.
¿Cómo habríamos entonces de arrojarla a la calle
y negarle sus tantos recipientes domésticos
por culpa de una simple creencia provinciana?
¡No, por Dios, no lo acepto!
Deja el agua en la bilis, en la albúmina,
aquí, junto a nosotros, como al pan,
como al gato,
como al murmullo suave
de cada objeto mínimo
donde el hombre ha dejado su contacto indecible.

Porque el agua es el roce, es la esperanza fluida,
la necia ambivalente que nos da enfermedades
y deshace el hedor a carroña
que sale algunas veces de los cuartos herméticos
así como la imagen mortal que miente y miente
y pretende agobiarnos con un doblaje nítido de azogue
que se mancha y se arruga.

El agua es todo abismo que secunda o mantiene estremecidas
estas tres cuartas partes de ansias y raciocinio.

Y por las venas,
madre,
por las venas (ese esquema vital de regadío,
canales que adoptaron hábitos de raíz)
suben y bajan pececillos redondos,
siguapas con agallas, güijesm recios orichas,
y cangrejos, cangrejos que jamás se detienen
a fecundar los fucos o el sargazo
o a beberse la espuma de secretas riberas
y que siguen coleantes
hacia arriba,
hacia adentro,
siempre,
sin detenerse,
más allá de nosotros...

Escucha,
madre:
si echas afuera el agua, si la echas afuera
por culpa de una simple tradición herrumbrosa:
qué será de la ira del jabón frente al mugre,
qué del invierno afín, si es que se cuela
con sus inusitados chaparrones;
y de las ubres mansas, y del simún de antaño,
y del mundo cubista que pinté sobre el playwood
para adornar el crudo realismo de tu sala.

Deja el agua en nosotros:
que ruede
y que se empoce,
que arda
en la gota de hastío sobre el polvo de enero,
en el trazo de miel, en la añoranza
de líquidos cimbreantes;
en la orina o el pus,
en sudores o en lágrimas,
en el semen y el kama-salida..., en tantas leyes
sin sabor, sin olores,
y en la sangre que rueda por dentro, intransferible...

Anda,
         mamá
(y perdona que rompa tus esquemas):
ve y descorcha la luz
o el vino tinto
y brindemos con todos por el agua.


Si Dios existe

a Chely

Si Dios existe, es hembra y se deshace
como jazmín de carne bajo el beso;
tiene la piel de añil y turbio yeso,
y se hizo para un fuego que lo abrase.

Si Dios existe, es verde y transparencia
lo que naufraga en el mar de sus ojos;
tiene tu voz, tus senos, tus antojos,
tus fuentes esenciales y tu esencia.

Creo tener a Dios entre mis brazos
mientras desato los oscuros lazos,
lo exprimo cuando aprieto tu cintura.

Si Dios es esto, es húmedo y caliente.
Voy a guardarlo en mí, profundamente
preso en mí, desterrado en mi ternura.


Como si se tratara de una letanía

Menos mal que mi mujer huele a violetas
de alguna variedad no identificada.

Menos mal que mi mujer es como un gato
cuando cierra los ojos y mastica
su propia lengua o su pellejo.

Menos mal que mi mujer
            tiene el misterio de los libros
y la justa inocencia de los astros.

Menos mal que mi mujer no sueña con la lluvia
ni que se cae por un precipicio
o que la apuñalean a mansalva...

Menos mal que mi mujer es dueña de los buitres
y de las mariposas                 nocturnas
y del rostro moral de la manzana
que cae sobre el cráneo sempiterno de Newton.

Menos mal que mi mujer tiene unos senos
que caben en el fondo de una nuez
o en un inesperado silencio de dos sílabas.

Menos mal que mi mujer es muy mala cocinera.

Menos mal que mi mujer no es un bazar
lleno de afeites, prendas, antifaces, uñas largas,
sostenes... y todas esas cosas terribles que conforman
la mariconería femenina.

Menos mal que mi mujer sabe ser mi mujer
pero también mi madre y mi padre,
mi cómplice,                   mi hija, mi marido...

Menos mal que mi mujer
existe.


Estrago que hacen las malditas flores 

Nuestro amante espera en un recodo de la noche
embozado: una mano sobre sus labios púrpura,
y los ojos,
como dagas dispuestas para el asesinato.

Nuestro amante se yergue, alto pistilo,
y derrama en sus muslos el polen deleitoso;
cruje envuelto en cascarón de huevo, se desata
y se arroja al vacío. Esgrime el fuete mágico
y se masturba frenéticamente frente a las cámaras.
Ofrece sus encantos por unas míseras pesetas.
Sorbe la droga, sucumbiendo al potro de tortura.

Nuestro amante está ciego: busca a gatas
el polvo, las paredes que lo habrán de guiar
por el largo camino hacia esa puerta
que alguien abrió de pronto en la memoria.

Nuestro amante espera oculto en los resquicios
de la tarde, en su rana aterida bajo el musgo.
Se circuncida con una rodaja de cebolla. Regurgita
como el agujero que se traga el orine de un voyeur.                  

Nuestro amante es esclavo de las cosas morenas
y se ciñe el talle con begonias; en algunos momentos
recuerda los portales de suave penumbra colonial
y esas zonas del puerto donde los adoquines
rezuman pasos húmedos.
                         Se tensa como un arco centaurino                                                                                              
con sus tetillas rojas de fresa cincelada,
con sus nalgas de piedra, con su culo abismal,
con sus recios testículos de bombas de neutrones,
con su semen dulzón y ácido a la vez; él todo:
caballuno, sacrílego, sacrílego y sagrado a la vez,
nuestro amante secreto, nuestro único amante
que espera para hincarnos su insaciable colmillo.




_________________________________________

(*) León Alberto Serret (1947-2000) fue un escritor cubano, poeta, narrador, dramaturgo, editor, artista plástico, guionista de cine, y libretista de radio y televisión. Autor de más de veinticinco libros, está considerado como "precursor y al mismo tiempo una de las figuras clave del significativo grupo de escritores cubanos que comenzaron a ver la luz pública hacia mediados de la época de 1970-80".

lunes, 22 de septiembre de 2014

Comentarios a "Mishima o la visión del vacío"



Mishima o la visión del vacío (1951) es un ensayo de la escritora belga Marguerite Yourcenar en el que se analizan elementos biográficos en torno a la vida de Yukio Mishima. La autora realiza un recorrido por la vida del escritor japonés, y a la vez que se van describiendo los hechos más trascendentales que marcaron la carrera de Mishima, se escudriña la producción literaria para ofrecer una visión más panorámica. La precisión en el manejo de los datos y la objetividad en el análisis no se pierden a pesar del apasionante interés y gusto que Yourcenar tuvo sobre la vida-obra de Mishima. 

Vemos cómo Yourcenar confronta la obra con el artista, y ofrece una reconstrucción cronológica de la aventura expresiva y la estructura psíquica del autor. Recordándonos la teoría de Freud, maneja el análisis en la obra literaria casi como síntoma neurótico en Mishima, y mezcla de manera fascinante la ficción y la realidad, al describir minuciosamente cada obra e intercalar los sucesos más importantes de la vida de Mishima durante los años en que se publicó cada obra. 

La autora parte describiendo cómo su trabajo abarcará tanto al escritor, como al individuo y al personaje que es “esa sombra o ese reflejo que el propio individuo contribuye a proyectar” (Yourcenar, 2003, p. 10, Seix Barral), pero aclara que “la verdad central” se encontrará sólo en la obra. Luego de eso, recuerda algunas anécdotas de la infancia y la juventud de Mishima que son tan reveladoras y que, en su mayoría, se encuentran en el libro Confesiones de una máscara. Mishima —nos dice Yourcenar— nace en Tokyo en 1925, hijo de un empleado de ministerio “considerado como un burócrata moroso” (ibíd., p. 17), y de una pedagoga. Pasó parte de su infancia muy apegado a su abuela, que venía de una dinastía de samuráis, y que padecía una serie de crisis nerviosas que Mishima siendo niño presenció. En palabras de Yourcenar “aquella hada loca puso en él, probablemente, el grano de demencia que antaño se consideraba necesario para el genio” (p.19).

Desde temprana edad se ve fuertemente impresionado con algunas cosas de Occidente. La famosa escena de eyaculación ante una foto de San Sebastián de Guido, y una ilustración de Juan de Arco montada en su caballo son dos imágenes que marcarán a Mishima. No abandona su apego por lo japonés, como la bella imagen del “cosechador del suelo nocturno” o el vendimiador que desciende por la colina al ocaso, creando una especie de sincretismo de los símbolos occidentales y orientales. 

Ya en la juventud, con su novela de principiante, La sed de amar, brotan los impulsos orgiásticos y sensuales que descubre en la pubertad, y que no abandonaron su obra. Su madre se interesa mucho por sus trabajos literarios y lo alienta a seguir. En la edad adulta, tras el éxito de Confesiones de una máscara, renuncia al puesto de burócrata que le había conseguido su padre y dedica de lleno a su carrera literaria. Para subsistir, sin embargo, parte de su trabajo tiene que ser “literatura alimentaria y publicaciones femeninas”. 

Confesiones de una máscara, dice Yourcenar, “nos produce la impresión de una autobiografía tomada a lo vivo”, y ofrece una imagen de la juventud entre 1945 y 1950, con elementos de autismo. Esta fue la obra maestra de Mishima, con la cual se abrió paso como escritor y comenzó una producción literaria del más alto nivel. El personaje central es un muchacho bisexual que se enamora en silencio “y desde lejos, del alumno más adulado y más atlético”. Además, este protagonista tiene una relación con una mujer casada, con la que mantiene encuentros furtivos en los cafés y la calle. Esto “también podría acontecer en París o en Nueva York” dice Yourcenar, como para hacernos ver los elementos occidentales, pero más aún, universales de la obra, que permiten que pueda situarse en cualquier parte del mundo. 

El mar de la fertilidad es una obra en cuatro volúmenes, donde “el contraste entre las duras y puras fuerzas elementales y el lujo pobre de un mundo gangrenado” (p., 44) es uno de los temas torales y, ciertamente, definitorios. En esta obra, considerada casi un testamento, ya la composición, el ritmo y el estilo han cambiado respecto a los trabajos anteriores. Bien nos dice la autora del ensayo: “Nos encontramos ahora ante un estilo desnudo, casi llano, contenido hasta en los momentos de lirismo, estriado con grietas destinadas, al parecer, a hacernos tropezar intencionadamente” (53). El subyacente sentido de reencarnación que rodea toda la tetralogía es, también, uno de los factores más atrayentes.

El primer volumen, Nieve en primavera, recrea la relación entre Honda y Kioyakim, y lo importante aquí es el paralelismo existencial, entre Honda que vive longevamente, y Kioyaki, que muere a los veinte años, “la vida del uno se desmigajará como se ha disipado la vida del otro” (57) sentencia Yourcenar. 

Caballos desbocados, segundo volumen, ya nos muestra a un Honda a los cuarenta años, con una existencia sombría. Sobre esta obra nos dice Yourcenar: “Tal vez es en este duro libro donde se encuentra el más extraño y el más tierno pasaje de toda la obra” (71).

En el Templo del alba, tercer volumen, se da la aparición de la princesa siamesa Ying Chan; y en El ángel en descomposición, volumen final, “la esperanza, y con ella las sucesivas encarnaciones del refinamiento, del entusiasmo o de la belleza, ya han muerto” (79). Para Yourcenar, este ángel que se pudre puede ser el mismo Japón, como símbolo de la catástrofe contemporánea que se vivía en el país por el tránsito hacia la modernidad. Es importante señalar que, la entrega de esta obra a su editor, se da la mañana en que Mishima decide poner fin a su existencia. 

Ahora bien, sobre la causa del suicidio ritual, lo que parece más claro es la obsesiva fascinación por la muerte que tiene el autor. Yourcenar explica que “las descripciones de seppuku (el acto de abrirse el vientre, seguido de la decapitación por el sable de una segunda persona) invaden toda la obra de Mishima. La autora nos dice cómo la muerte de Mishima constituye también “una obra maestra”, que debió ser planeada por el poeta. Tampoco se puede obviar la admiración que sentía por la tradición samurái, y quizá, en conjunto, estas fueron las razones de su suicidio. Todo parece indicar que Mishima deseaba morir, no se sentía satisfecho con su existencia, y como bien dice su madre cuando recibe el pésame de parte de unos visitantes: “No le compadezcan. Por primera vez en su vida ha hecho lo que deseaba hacer” (p.138).

En conclusión, la autora señala una analogía en cuanto al sable y la pluma del poeta. La sangre que corre a causa de una herida de sable simboliza “la sangre del poeta”, o más bien, la tinta con la cual escribe y convierte en un hermoso acto artístico y dramático su propia muerte. Con esto logra sondear completamente ese vacío búdico y, finalmente, abandonar la ilusión del mundo real.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Si preguntan por mí

Si preguntan por mí...
diles que salí a cobrar la vieja deuda
que no pude esperar que a la vida
se le diera la gana de llegar
a mi puerta.
Diles que salí definitivamente
a dar la cara sin pinturas
y sin trajes el cuerpo.
Si preguntan por mí...
diles que apagué el fuego,
dejé la olla limpia y desnuda la cama,
me cansé de esperar la esperanza
y fui a buscarla.
Diles que no me llamen...
Quité el disco que entretenía en boleros
el beso y el abrazo
la copa estrellé contra el espejo
porque necesitaba convertir
el vino en sangre
ya que jamás se dio el milagro
de convertirse el agua en vino.
Si preguntan por mí...
diles que salí a cobrar la deuda
que tenían conmigo el amor,
el fuego, el pan, la sábana y el vino,
que eché llave a la puerta
y no regreso.

¡Definitivamente diles
que me mudé de casa!


Beatríz Zuluaga
Si preguntan por mí, Antología (2010)

jueves, 19 de diciembre de 2013

Pequeñas lecciones de erotismo


Desnudo tumbado, Gustav Klimt 


I
Recorrer un cuerpo en su extensión de vela
es dar la vuelta al mundo
atravesar sin brújula la rosa de los vientos
islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas
no es tarea fácil  -sí placentera-
no creas hacerlo en un día o noche
de sábanas explayadas.
Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas.


II
El cuerpo es carta astral en lenguaje cifrado.
Encuentras un astro y quizá deberás empezar
a corregir el rumbo cuando nube huracán
o aullido profundo
te pongan estremecimientos.
Cuenco de la mano que no sospechaste


III
Repasa muchas veces una extensión
encuentra el lago de los nenúfares
acaricia con tu ancla el centro del lirio
sumérgete ahógate distiéndete
no te niegues el olor la sal el azúcar
los vientos profundos
cúmulos nimbus de los pulmones
niebla en el cerebro
temblor de las piernas
maremoto adormecido de los besos.


IV
Instálate en el humus sin miedo
al desgaste sin prisa
no quieras alcanzar la cima
retrasa la puerta del paraíso
acuna tu ángel caído
revuélvele la espesa cabellera
con la espada de fuego usurpada.
Muerde la manzana.


V
Huele
duele
intercambia miradas saliva impregnante
da vueltas imprime sollozos piel que se escurre
pie hallazgo al final de la pierna
persíguelo busca secreto del paso forma del talón
arco del andar bahías formando arqueado caminar.
Gústalos.


VI
Escucha caracola del oído
cómo gime la humedad
lóbulo que se acerca al labio sonido de la respiración
poros que se alzan formando diminutas montañas
sensación estremecida de piel insurrecta al tacto
suave puente nuca desciende al mar pecho
marea del corazón susúrrale
encuentra la gruta del agua.


VII
Traspasa la tierra del fuego la buena esperanza
navega loco en la juntura de los océanos
cruza las algas ármate de corales ulula gime
emerge con la rama de olivo
llora socavando ternuras ocultas
desnuda miradas de asombro
despeña el sextante desde lo alto de la pestaña
arquea las cejas abre ventanas de la nariz.


VIII
Aspira suspira
muérete un poco
dulce lentamente muérete
agoniza contra la pupila extiende el goce
dobla el mástil hincha las velas
navega dobla hacia Venus
estrella de la mañana
-el mar como un vasto cristal azogado-.
Duérmete náufrago.



Gioconda Belli
De la costilla de Eva (1987)

domingo, 20 de octubre de 2013

Espera del milagro


Espera del milagro. Igualmente de niña, cuando caminaba dichosa, segura de que me seguía una presencia protectora, divina. Cuántas veces le ofrecí la ocasión de manifestarse... Me detenía con los ojos cerrados: "Va a suceder, háblame, está por suceder, háblame...".

Y ahora. Llueve y lo espero y tal vez no venga y lo amo.






Texto: Diarios. Alejandra Pizarnik

domingo, 15 de abril de 2012

Un poema de Francisco Ruiz Udiel



Gesto desvanecido en esquina de una estación

Esta estación no será más una estación,
quedará únicamente mi gesto desvanecido
en el polvo de alguna ventana,
si acaso hay ventanas,
si acaso decido en las estaciones
desamparar algún gesto.

Esperaré junto a las cabinas telefónicas
a que las horas se desvanezcan azules
en mi cigarrillo encendido
de mirada triste e inclinada,
me verán apretar la mandíbula
para masticar, como las aves
que emigran de una tierra a otra,
cualquier bocado de aire
sin saber qué les espera.

El aire se ha vuelto amargo
y aún no sé en qué otras estaciones
abordará mi soledad otro cuerpo.


sábado, 14 de abril de 2012

Un poema de Francisco Ruiz Udiel

Nada

Nada es una palabra
inventada por Dios
para escupir su desprecio.
Yo soy la palabra de Dios.


miércoles, 2 de noviembre de 2011


"Oh, ¿no era acaso el tiempo la sustancia de todo sufrimiento? ¿No era el tiempo la causa misma de todo temor y de toda tortura? ¿No se suprimiría acaso todo el mal, toda la hostilidad del mundo en cuanto el tiempo fuera superado, en cuanto se aboliera la idea del tiempo?"

 Herman Hesse, Siddhartha

martes, 26 de octubre de 2010

Rayuela, capítulo 73

Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos. Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca. Ardiendo así sin tregua, soportando la quemadura central que avanza como la madurez paulatina en el fruto, ser el pulso de una hoguera en esta maraña de piedra interminable, caminar por las noches de nuestra vida con la obediencia de la sangre en su circuito ciego.

Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos. Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura? Rebelión, conformismo, angustia, alimentos terrestres, todas las dicotomías: el Yin y el Yang, la contemplación o la Tatigkeit, avena arrollada o perdices faisandées, Lascaux o Mathieu, qué hamaca de palabras, qué dialéctica de bolsillo con tormentas en piyama y cataclismos de living room. El solo hecho de interrogarse sobre la posible elección vicia y enturbia lo elegible. Que sí, que no, que en ésta está… Parecería que una elección no puede ser dialéctica, que su planteo la empobrece, es decir la falsea, es decir la transforma en otra cosa. Entre el Yin y el Yang, ¿cuántos eones? Del sí al no, ¿cuántos quizá? Todo es escritura, es decir fábula.

¿Pero de qué nos sirve la verdad que tranquiliza al propietario honesto? Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas. En uno de sus libros, Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo.

Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella… ¿Por qué entregarse a la Gran Costumbre de estar solos? Se puede elegir la tura, la invención, es decir el tornillo o el auto de juguete. Así es como París nos destruye despacio, deliciosamente, triturándonos entre flores viejas y manteles de papel con manchas de vino, con su fuego sin color que corre al anochecer saliendo de los portales carcomidos. Nos arde un fuego inventado, una incandescente tura, un artilugio de la raza, una ciudad que es el Gran Tornillo, la horrible aguja con su ojo nocturno por donde corre el hilo del Sena, máquina de torturas como puntillas, agonía en una jaula atestada de golondrinas enfurecidas. Ardemos en nuestra obra, fabuloso honor mortal, alto desafío del fénix. Nadie nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette. Incurables, perfectamente incurables, elegimos por tura el Gran Tornillo, nos inclinamos sobre él, entramos en él, volvemos a inventarlo cada día, a cada mancha de vino en el mantel, a cada beso del moho en las madrugadas de la Cour de Rohan, inventamos nuestro incendio, ardemos de dentro afuera, quizá eso sea la elección, quizá las palabras envuelvan esto como la servilleta el pan y dentro esté la fragancia, la harina esponjándose, el sí sin el no, o el no sin el sí, el día sin Manes, sin Ormuz o Arimán, de una vez por todas y en paz y basta...


sábado, 23 de octubre de 2010

Rayuela, capítulo 7



(...)

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio...



jueves, 21 de octubre de 2010

Rayuela, capítulo 61



Nota inconclusa de Morelli:

No podré renunciar jamás al sentimiento de que ahí, pegado a mi cara, entrelazado en mis dedos, hay como una deslumbrante explosión hacia la luz, irrupción de mí hacia lo otro o de lo otro en mí, algo infinitamente cristalino que podría cuajar y resolverse en luz total sin tiempo ni espacio. Como una puerta de ópalo y diamante desde la cual se empieza a ser eso que verdaderamente se es y que no se quiere y no se sabe y no se puede ser. Ninguna novedad en esa sed y esa sospecha, pero sí un desconcierto cada vez más grande frente a los ersatz que me ofrece esta inteligencia del día y de la noche, este archivo de datos y recuerdos, estas pasiones donde voy dejando pedazos de tiempo y de piel, estos asomos tan por debajo y lejos de ese otro asomo ahí al lado, pegado a mi cara, previsión mezclada ya con la visión, denuncia de esa libertad fingida en que me muevo por las calles y los años. Puesto que soy solamente este cuerpo ya podrido en un punto cualquiera del tiempo futuro, estos huesos que escriben anacrónicamente, siento que ese cuerpo está reclamándose, reclamándole a su conciencia esa operación todavía inconcebible por la que dejaría de ser podredumbre. Ese cuerpo que soy yo tiene la presciencia de un estado en que al negarse a sí mismo como tal, y al negar simultáneamente el correlato objetivo como tal, su conciencia accedería a un estado fuera del cuerpo y fuera del mundo que sería el verdadero acceso al ser.
Mi cuerpo será, no el mío Morelli, no yo que en mil novecientos cincuenta ya estoy podrido en mil novecientos ochenta, mi cuerpo será porque detrás de la puerta de luz (cómo nombrar esa asediante certeza pegada a la cara) el ser será otra cosa que cuerpos y, que cuerpos y almas y, que yo y lo otro, que ayer y mañana. Todo depende de... (una frase tachada).

Final melancólico: Un satori es instantáneo y todo lo resuelve. Pero para llegar a él habría que desandar la historia de fuera y la de dentro. Trop tard pour moi. Crever en italien, voire en occidental, c’est tout ce qui me reste. Mon petit café crème le matin, si agréable...




miércoles, 20 de octubre de 2010

Rayuela, capítulo 90

(...)

Se sabía espectador al margen del espectáculo, como estar en un teatro con los ojos vendados; a veces le llegaba el sentido segundo de alguna palabra, de alguna música, llenándolo de ansiedad porque era capaz de intuir que ahí estaba el sentido primero. En esos momentos se sabía más próximo al centro que muchos que vivían convencidos de ser el eje de la rueda, pero la suya era una proximidad inútil, un instante tantálico que ni siquiera adquiría calidad de suplicio. Alguna vez había creído en el amor como enriquecimiento, exaltación de las potencias intercesoras. Un día se dio cuenta de que sus amores eran impuros porque presuponían esa esperanza, mientras que el verdadero amante amaba sin esperar nada fuera del amor, aceptando ciegamente que el día se volviera más azul y la noche más dulce y el tranvía menos incómodo...



lunes, 18 de octubre de 2010

Rayuela, capítulo 93

(...)

Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura.
Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname...






martes, 8 de junio de 2010

Satisfacción


Lo más hermoso para los que han combatido
su vida entera,
es llegar al final y decir: creíamos en el hombre y la vida,
y la vida y el hombre jamás nos defraudaron.
Así son ellos ganados para el pueblo.
Así surge la eternidad del ejemplo.
No porque combatieron una parte de su vida,
sino porque combatieron todos los días de su vida.
Sólo así
llegan los hombres a ser hombres:
combatiendo día y noche por ser hombres.
Entonces,
el pueblo hace sus ríos más hondos
y los mezcla para siempre con sus aguas.
Así son ellos, encendidas lejanías.
Por eso habitan hondamente el corazón del ejemplo.


Otto René Castillo
(Guatemala)


martes, 2 de marzo de 2010

Nota en a.m.



No sólo doy imágenes sino hasta reflexiones: me quejo, discuto, unifico, enciendo, corrompo, y todo ello con palabras que no son mías, y ni siquiera tengo demasiadas faltas gramaticales; todo sucede como si realmente fuera así, como si yo pensara, yo sintiese, yo viviera. Y no soy más que una silenciosa, una huérfana sordomuda, hija de algo que se arrodilla y de alguien que cae.

Pasarme las noches de mi vida escarbando en el lenguaje como una loca…


Alejandra Pizarnik

viernes, 5 de febrero de 2010

Sueños

Los cuerpos, abrazados, van cambiando de posición mientras dormimos, mirando hacia aquí, mirando hacia allá, tu cabeza sobre mi pecho, el muslo mío sobre tu vientre, y al girar los cuerpos va girando la cama y giran el cuarto y el mundo. "No, no -me explicas, creyéndote despierta-. Ya no estamos ahí. Nos mudamos a otro país mientras dormíamos."
Eduardo Galeano

jueves, 26 de noviembre de 2009

Nota para vos


Bolero

Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.
Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.
Por ahí un papelito
que solamente dice:
Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.


Julio Cortázar
(de Todos los fuegos el fuego)

viernes, 9 de octubre de 2009

Padre nuestro a San Ernesto de la Higuera





“No porque hayas caído tu luz es menos alta...”
Nicolás Guillén.

Padre nuestro que estás en todas partes,
en el llano, en la sierra y en los montes
en el indio que llora su desgracia,
en el latino que es vilipendiado.
Santificado es ya tu Nombre.

Únenos en tu reino
para poder hacer tu voluntad
así en la tierra como en el cielo,
y más allá del cielo y de la tierra.
Para acabar de una vez con la indigencia
de aquellos a quienes pertenece más tu Reino
y se mueren en grupos
en todas las esquinas de la América
sin que nadie quiera darles
el pan suyo de cada día de hambre y de miseria.

No nos perdones nunca nuestras deudas,
ni perdones tampoco las ofensas
que te hemos proferido pasando indiferentes
ante tanta mejilla abofeteada,
apartando los ojos para no ver tu rostro
en cada humillación desamparada.
Perdónanos si quieres la nostalgia
de no haber nacido en otro tiempo
cuando andabas repartiendo panaderías
y cooperativas pesqueras,
escuelas, hospitales y reformas agrarias.
Perdónanos si quieres la tristeza
de contemplar tu imagen convertida
en estrategia de mercadotecnia,
sirviendo de incentivo a las trivialidades
que siempre despreciaste.

Nunca perdonaremos a tantos que nos deben;
a los que nos privaron de conocerte vivo,
ni a los que han malgastado
treinta años de tu ejemplo.
No nos dejes caer en la tentación
de perdonar a un solo mercader o demagogo
que utilice tu nombre o tu figura
para engordar su infamante bolsillo,
y líbranos del mal de enajenarnos
ante tanta desgracia.

Hasta la victoria siempre.

Amén.



Carlos Rodríguez Almaguer

domingo, 6 de septiembre de 2009

Canción a Maiakovski



Desde el cuarto alto sonaba la canción que corresponde al video de arriba, cuando me desperté esta mañana e inmediatamente se me vino a la mente ese poema de Maiakovski escrito después de abandonar la celda. Por supuesto que estas relaciones, siempre, tienen su depositario, o depositaria...


¡Qué queréis!
Las páginas
susurrantes
entreabren sus párpados,
y el olor
de la pólvora
insiste
en nuestras fronteras.
Nada nuevo
cae bajo el rayo
cuando uno tiene
más de veinte años.
¿Vamos a entristecernos
por eso?
¿Vamos a gritar que nos hundimos?
La historia con sus aguas bravas,
la guerray las amenazas
están ahí:
nosotros
seguiremos adelante
como una proa en medio del espacio.

Vladimir Maiakovski
de “Poemas 1927-1929”

viernes, 21 de agosto de 2009

Un par de reflexiones sobre el ritmo

El estilo es un asunto sencillo; todo es ritmo. En cuanto lo comprendes, no puedes equivocarte de palabras. Aunque por otra parte aquí estoy, después de media mañana, llena de ideas y de visiones y de cosas así, pero incapaz de verterlas por falta de ritmo adecuado. Esto sobre la esencia del ritmo es muy profundo y va mucho más allá de las palabras. Una visión, una emoción, crean esta ola en la cabeza mucho antes de que surjan las palabras apropiadas. Y al escribir (esto es lo que creo ahora) una tiene que recapturar esto y asentar este funcionamiento (que aparentemente nada tiene que ver con las palabras), de modo que después, cuando se fragmenta y rueda por la cabeza, crea las palabras adecuadas.


Virginia Woolf
(Carta a Vita, 16 de marzo de 1926)