domingo, 15 de abril de 2012

Un poema de Francisco Ruiz Udiel



Gesto desvanecido en esquina de una estación

Esta estación no será más una estación,
quedará únicamente mi gesto desvanecido
en el polvo de alguna ventana,
si acaso hay ventanas,
si acaso decido en las estaciones
desamparar algún gesto.

Esperaré junto a las cabinas telefónicas
a que las horas se desvanezcan azules
en mi cigarrillo encendido
de mirada triste e inclinada,
me verán apretar la mandíbula
para masticar, como las aves
que emigran de una tierra a otra,
cualquier bocado de aire
sin saber qué les espera.

El aire se ha vuelto amargo
y aún no sé en qué otras estaciones
abordará mi soledad otro cuerpo.


sábado, 14 de abril de 2012

Un poema de Francisco Ruiz Udiel

Nada

Nada es una palabra
inventada por Dios
para escupir su desprecio.
Yo soy la palabra de Dios.


jueves, 12 de abril de 2012

Un poema de Livio Ramírez


"Oh vida, oh vida:
¿soy yo aún el que aquí
desfigurado arde?”
Rainer María Rilke 



Dime, ¿tú entiendes esto?
¿Miras, igual que yo, cómo crece en nosotros
esta niebla atroz,
cómo nos borra con un odio lento?

Miras, igual que yo, cómo se pudre el cielo,
ahora que cuento todas las heridas
bajo esta paz estúpida que queda
después que hemos amado
como dioses o bestias. Respóndeme:

¿Oyes caer la sangre de esos días
en este mismo sitio donde yo escupo mi impotencia
y escribo con rabia la palabra Amor
y un olor a víscera y espanto
flota sobre mis papeles?

Dime
te derriba también
este alarido,
que rebota
en los muros del infierno,
este rito de ciego
en las últimas gradas de la muerte.

Ah querida:
Amor que ya no eres mi amor...
He aquí el desastre,
el abismo inmensamente presentido.
La ciudad convertida en una enorme cicatriz.
He aquí el tiempo,
nuestro tiempo,
con la columna rota.


de Descendientes del fuego 
(1987)




martes, 10 de abril de 2012

La visión de país en Clementina Suárez y Alfonso Guillén Zelaya




Este 2012 se conmemora en la UNAH el año académico "Clementina Suárez" y con motivo de esto se realizarán varios eventos durante los meses siguientes.

A continuación quiero compartir con ustedes un trabajo sobre la Poeta, desarrollado por nuestra amiga y compañera María Eugenia Ramos, en un proyecto conjunto con Mario Membreño Cedillo para la Colección "Visión de País" del PNUD. Muy recomendable, en lo personal me sirvió muchísimo hace un buen tiempo.



Y aprovechando esto, extiendo la invitación de las y los compañeros de San Pedro Sula para el Recital Nacional de Poesía "Clementina Suárez, 2012". Más información sobre esto, en el blog Torre Trunca de Gustavo Campos.



sábado, 10 de marzo de 2012

Poemas de Óscar Acosta



Fotografía de Rubén Villeda Bermúdez


El nombre de la patria

Mi patria es altísima.
No puedo escribir una letra sin oír
el viento que viene de su nombre.
Su forma irregular la hace más bella
porque dan deseos de formarla, de hacerla
como a un niño a quien se enseña a hablar,
a decir palabras tiernas y verdaderas,
a quien se le muestran los peligros del mundo.

Mi patria es altísima.
Por eso digo que su nombre se descompone
en millones de cosas para recordármela.
Lo he oído sonar en los caracoles incesantes.
Venía en los caballos y en los fuegos
que mis ojos han visto y admirado.
Lo traían las muchachas hermosas en la voz
y en una guitarra.

Mi patria es altísima.
No puedo imaginármela bajo el mar
o escondiéndose bajo su propia sombra.
Por eso digo que más allá del hombre,
del amor que nos dan en cucharadas,
de la presencia viva del cadáver,
está ardiendo el nombre de la patria.


La presencia en las cosas

Tienen algo de ti los vestidos que llevas, los botones
que protegen tu pecho de las miradas ávidas del mundo
o los zapatos que te conducen sobre la nieve y el sueño.
Algo de ti me llega al observar un color, aspirar un aroma
que deja alguien, una mujer o una niña, al pasar
por el viento y continuar su travesía entre las calles que conozco.
En los sucesos triviales, en los objetos humildísimos,
lo he repetido tantas veces, aquí o en otra parte,
me acerco a ti, a tu pequeño corazón, a las cosas que guardas
y no podría, aunque algún día lo intentara, escapar
de esta atracción que gira y que me invade.


(de Poesía menor, 1957)


Literatura innecesaria

Tú no apareces en los libros, no tienes
jerarquía en la tinta, no puedes
subir al monte de la palabra escrita,
al risco de la literatura.
Tú no sabes lo que es un hemistiquio,
un verso de pie quebrado,
dónde vivió Góngora y Argote,
quién era el Arcipreste.
Tú no figuras en ninguna décima,
en el agua liviana de un romance
o en el oro de las octava reales,
Ante tu poderío de mujer amorosa,
ante la realidad me duele
lo innecesario de la literatura.

(de Tiempo europeo, 1960)


Tu nombre

Entre escombros, entre flores
caídas en desgracia, entre el humo
que coloca su laurel en la estatua,
veo tu nombre tibio.
Es una palabra sin corona,
sin sorpresas ni luces soberanas,
sin vino confidente, sin deseos
formando un orden establecido.
Palabra sólo tuya
tu dulce nombre.
De no estar a tu lado
me acompaña y lo pronuncio a solas
como un ciego que solicita ayuda
para atravesar la calle.
De otro modo, la vida
no sería el milagro que es ahora
que tú existes.


Habitación cerrada

Entre cuatro paredes apareces
y desapareces.
El recuerdo es araña hilando fino,
ave golpeando las ventanas,
lluvia insistente.
Sé que regresarás. Que has ido
de compras con tu bolso de hilo,
con tus sólidos muslos
y con tus manos claras.
Sabes bien que te aguardo. Y eso hace
que regreses tarde. Que vengas
cuando cansado de esperarte
cierro los ojos para verte
rodeada por una luz dorada
y beso tu purísimo rostro
eternizado por la gracia
y ausente hace unas horas
de esta tristísima habitación cerrada.


Estación última

Como quien llega en tren
a la estación última de la vida
llegué a tus brazos absolutamente diáfanos.

Paraíso o bosque o virginal recipiente
me esperaban; vi las marismas lejanas
y los pantanos inmóviles.
Tu magia borraba todos los peligros.

Así viví los años, feliz y trémulo
ante tu beso mañanero,
ante la porción de cotidiano alimento
y el líquido que purifica los cuerpos
y une las existencias.

Mi pecho se hizo más cóncavo
para que cupiese más amor.
Tuve que dejarme crecer las manos
para tocar toda tu pureza
y alargar más las piernas
para llegar temprano a ti.

Todo te lo mereces. La miel
que las abejas traen. El rocío
que llega a tu epidermis súbitamente.
Los geranios que crecen a la orilla de tu casa.
El agua hecha adorable materia.

Oh amada, río fulgurante,
pan cegador, fuego sagrado,
eres lo mejor de la vida,
lo más alto, lo que deseado
y ahora tengo a mi lado
para siempre.


La ciudad

Esta ciudad de fieras y cuchillos,
rodeada por la selva y por los lagos
de aire melódico, cercada por los pájaros,
inundada por la maravilla de los soles,
es una ciudad redonda y varia
como las piedras verdes del río,
como las llamas del potente roble,
como los espejos de la vigilia.

Ciudad de hombres y mujeres
bellas y feas.
Colectiva visión
de seres humanos y bestias
aturdidas por el tiempo.

Lejos de esta ciudad soy otro,
distinto a todos
los habitantes de este sitio.
Solo tu amor me acerca al paisaje que vi
por vez primera, que me dio luz y sombra,
que amo y odio confusamente
por ser suelo sin paz,
tierra golpeada todavía.

(de Escritura amorosa, 1962)


Mi país

Mi país está hecho de niños
ciegos,
de mujeres olorosas a ropa,
de sujetos violentos,
de ancianos
de bruces sobre el olvido.

Escribo sobre la piel de la patria
arrugada como un lienzo
o como una túnica endurecida.

Y quiero que lo que diga
no sea sólo amor acumulado,
verdes ramos sobre los hombros
de marmóreos héroes,
música de tambores
de hojalata.

Un hombre de pie
puede tocar sin miedo
a los astutos reptiles.


Archivero mayor

En los libros encuentras
voces errantes de mi país,
secretos de gobierno,
cóleras populares reprimidas
y cobardías.

Los viejos infolios
son cortezas
que forman
el árbol de la patria.

En las gacetas oficiales,
en las históricas proclamas,
en los hebdomadarios,
en las amarillentas hojas sueltas
aparece la mano vulgar
del dictador instruido,
del caudillo
y del locuaz parlamentario
que compararon con una mula.

Se oye el ruido de cadenas
y los lamentos de los prisioneros
en la torre de papel sellado
de los juicios amañados.

Qué piensas del pasado,
sonriente abuelo del archivo,
magnánimo varón bibliotecario,
tú que conversas con horrísonos libros,
con las cursis revistas de la época
y con ex funcionarios.

Mas lo que importa ahora
es el futuro
de este país
que habitan
obedientes
y tímidos
vasallos

(de Mi país, 1971)

sábado, 28 de enero de 2012

Un poema de Clementina Suárez



Creciendo con la hierba

I
Pudo ser.
pero estaba la espina,
eterna enemiga de la rosa.
Y sola, sin orillas,
la perdida corola de mi sueño.

Y fue.
En aquel pliegue triste
de mi sangre
donde, pálida quedó la sonrisa
que se hizo hielo
sobre su pecho ausente.

Obediente la rosa a su destino,
tuvo que ir mostrando
el candor de su rostro.

Te quemará el amor los huesos.
Niña del Aire!
Paloma del amanecer!
Ya que sólo en la sangre despierta
estará el germen creador defendido.

No caerá por eso
la estrella de tu mano.
Ligaduras humanas no detienen
tu rostro, ya salvado en mil edades.

Esbelta, en tu talle de ángel,
un río es la sangre de tus venas.
Agua que trae y que lleva
la quebrada raíz de la sombra.

Tus dedos nunca sabrán
rescatar el ademán que va perdido.
¿Qué semilla no encontró surco en tu mano,
ni inmaculado nido
en el hueco de tu rodilla?

Ningún camino aparta al cielo de su cielo.
Todo te alza a la altura de tu llaga.
Conmigo. Contigo. Sola.
Atada va la sangre
a raíces que no entiende.

II

Ya ves cómo
mi pecho ilumina
una verdad tremenda.
Los ángeles que pasean por mi sangre
son ángeles rebeldes.

Y me humilla tu rostro atado
y tu corazón cerrado
por un mandato de siervos.

Cuando yo oí me dijeron:
Pequeña: No le niegues al amor tu cara.
Sólo así tu flor tendrá polen
y flotará libre,
goteando muchedumbres,
tu cara creciendo con la hierba.

Distintos son los rumbos de la carne
y sólo el viento salvará
a tu pie, que en la ceniza
quedó extraviado...

Criatura de mi amor!
Sólo cuando el fuego
te lleve hasta mi grito,
recuperarás intacta
la espiga que dentro
de tu piel madura.

Fuera necesario morirme y no quererte.
Golpearme la espalda
y atar mi lengua
para no decirte
que están llorando en ti los brotes
y detenidos los arroyos,
porque le niegas al surco
lo que es del surco.

III

Me oyes!
¿Me estás oyendo lo que te digo yo?
La que quisiera detener el canto
y dejar que la muerte decorara
hasta mi desnudo vientre.

Antes de mirarte de tan lejos,
desde donde
hay un planeta que se quiebra
entre mis dedos.

Y no pude decirte más.
Me dolían todas mis marcas.
Y sin saberlo, empecé a despedirme,
a despegarme
de los resabios de mis pies,
por tus mismas palabras.
De repente, algo fue distinto.
Ni tú te llamaste tú
ni yo me llamaba yo.

El barro crecido
nos unía y separaba
en mil anillos
de diferente edad.

Hubiera querido amarrarme a ti
y no preguntarte nada.
Dejar inconclusa
la vid que conmigo crece.
Pero había, entre nosotros dos,
una espada arisca,
que no me lo permitió!

La palabra iba suelta
en el aire,
indestructible
dentro de mi llanto.

Es tan fácil herirme,
que un pequeño ruido
de cristal lo logra.
Basta que tu inmóvil
faz se mueva.
Y no me sientas subir,
estremecerme
con los ojos cerrados.

Reemplazar quisiera esta sangre
por otra sangre que te tocara las raíces,
y te dejara desnudo mi ramo de huesos
limpios
de todo lo que no fuera
una inocente corteza
que acatara tu latido.

IV

Despacio,
que está madurándose
la criatura de espuma
que se queja en mi entraña.

Copo a copo
voy cubriendo
de alta atmósfera
lo que vivirá,
aún detrás de la muerte.

La urgencia de mi paso
es un puro símbolo
-nada es mío-
una flecha me curva
dentro de tu amor.

¿No sientes deshojarse
pétalos dentro de mis sienes?
¿No sientes que mis manos
te adelantan la rosa,
el aroma y el tacto?

Y que mi sueño
es una arteria abierta
que calcina al gusano.
Y que precisas otro nombre
para encontrarte
con la sonrisa
de tu primer niñez.

Era eso lo que me faltaba decirte,
antes que tu amor
la boca me consuma.

Hablarte
de este doble vivir
en la noche y la trasnoche
de una sollozante bruma.

Nunca esperes que te traiga
una espina en la mano.
Para venir y para buscarte,
ya había dejado
todos los abrojos.

Flota en la luz de mi relámpago!
No olvides
que el paso frágil
de un milagro rápido huye.
Y que la vida que te pido,
no es tu vida,
sino que la copiosa,
inagotable.
La inmortal vida.

Buscando
voy dentro de tu fondo
al árbol que te viste
y te abraza y te estrecha.
y tal vez hasta te separa
de tu mejor forma.

V

Cuántas veces
he estado
de ti separada,
dormida
en tu mejor agua.
Intacta detrás de ti,
contigo en la ausencia.

Y mi voz,
la que nunca antes oyera,
te hablaba
de cosas interpuestas
que mis quebrantados ojos
nunca vieron.

Y desde entonces
estuve segura
de que vendría un día
en que viéndome a los ojos
encontraras en mis pupilas
una flor enloquecida.

Quítala del espejo,
me dirías.
Transforma tu tamaño,
te ahoga el rostro
y te pierde en su vigilia.

En tal forma desmesurada,
te verás custodiando
olas en mi frente.

Echa tu raíz atrás!
Ensancha tu mundo!
Percibe la agonía
y la congoja.

Que acaso
con el beso y el beso,
lleguemos a conquistar
nuestro carmen florido.

Palabras encendidas
nos están despertando
No podemos quedar solos,
tardar, estar inmóviles
dentro de esta
porfiada penumbra.

El alba que va suelta
dentro de la carne
nos está gritando,
que nuestra médula
arrastra un fulgor nuevo
para la espiga sometida.

Yo sé que no es mía
la pauta que te voy dando,
ni es mío el luto,
ni la sal ni la ceniza.

Que hay una conexa ternura
en mi dócil tallo,
que busca en ti su equilibrio
para encontrarse.

Sin contorno,
en tu inagotable azul,
alcanzo una resurrección
grácil para la vida.

Tal vez
porque ha podido llegar a descubrir
que los esfenoides del cuerpo
no son lo más importante.

Que hay una esparcida vida
mordida por agudos puñales
que debemos liberar.

Y con esta honrada visión
y esta ganada excelsitud,
quedamos enlazados,
ya no en una interrogación,
ni en una aventura,
ni en ninguna elástica posición.

Sino dueños absolutos
de una verdad
que saltaba del pecho al cielo
y del cielo al pecho,
como un auténtico mundo
libre y sin riberas.

VI

De tu lecho tibio
me incorporo,
cantando.

Con un sentido radiante
del Universo
y del amor.

Nada golpea mi frente
ni mis ojos!
Estoy segura del tamaño
de mis sueños
y los agito con alegría.

Qué ternura la de tu regazo!
Madurar vi en ella
todos mis frutos.

Y en este primer día
qué livianos tus párpados
encima de los ojos.

Para mi propia
ingenua alegría.
Te decía y te volvía a decir:

Cierra los ojos!
qué limpios
los estoy mirando.

Cuelgan gotas de rocío
de tus pestañas.
Estás,
como en el primer despertar,
nuevo en el tiempo.

Estrenas el equilibrio
de un exacto ardor,
que no quita a la rosa
ni su armonía
ni su nostalgia.

Tendría que haberte amado
y escuchado
en todas tus voces.

Como si dentro del cuerpo
hubieras dejado un hijo
y estuviera todavía. . .

Que para quererte
ya estaba despierta,
mi rostro levantado
podría ofrecerte
con sostenida miel.

Y además,
sabía
que vestida de azahar,
de sangre o de arena,
el pudor de mi trébol
no se discute.

Habitar puedo en ti
con inalterable fe.
En el viento o en el agua
saltar como pez.

Juntos ya, sin nieblas,
Todo esto lo comprendo
con más suave cariño,
haciendo más pequeño
mi cuerpo en tu recuerdo.

Pero si no has podido llegar
y el paso de tu estrella
está indeciso.

Para que me oyeras,
tendría que vestirme
de novia nuevamente.

Tendría que iluminar
los rincones
y encontrar los vestidos
donde dejan el musgo
los olvidos.
Ni así. Pezuña de ceniza
apagaría mi frenesí.
Y nunca
llegaríamos al astro.

Tienes que despertar.
Levantar a tu esqueleto
del sueño.

Dejarte desnudo,
voluntario,
distinto.

No puedes esperar
a que te coman
los ojos
las hormigas.

Cómo dormir
en los vacíos lechos,
cuando hay una queja
y un abierto costado
que reclama la sangre.

Naciendo estoy,
visiblemente,
y trepándome van criaturas
ángeles y semillas


VII

Antes,
en nuestro día
era yo sólo una.
sin pensar que el amor
es una cruz
y lastima.

Estar en tu pasado,
recordar tu presencia
y hasta tu imposible presencia.

Andar tus inviernos
empezando siempre.
Someter al tiempo
a que rompa sus cifras,
hasta que logre entregarnos
un mar sin fatigas.

Sólo así,
a orillas de la vida
que busca jubilosa
algo duradero.

Empezaremos.
A ser felices,
a quererlo ser.

Asumiendo el deber
de que sólo
por un camino humano
se puede ser feliz.

Sin lo estéril
de la desigual
solitaria felicidad,

VIII

Amigo, tal vez digas:
tu corazón, para quererme,
no está en su sitio.

Es más ancho,
más puerto,
más alba sin frontera.

Oyendo está la queja
de los hombres
y por sus urgentes ansias
por ser libres.

Hoy saben que los hombres,
si sufren y trabajan
estrujados y agónicos,
es por tener su vida
y por amarla.
Ahora,
de madres
con el surco
clavado de puñales
y
de niñas que tienen
las manos con espinas

Antes,
en nuestra noche,
era un llanto mi voz
y sólo un llanto.

Hoy,
ya tan cerca del alba,
traigo despiertos ríos
de mujeres que gritan
como yo,
con el aire oxidado
por la salvada orilla,
para la azucena,
y el yermo y el amor.

Mis ruegos se dividen
en vida o muerte jubilosa.
Tú puedes apartar mis rosas,
pero no la encendida
corola de mi sueño,
más grande con la ansia
de otros sueños.

Y tú, dime,
¿estás conmigo
en este círculo de mi sangre,
o me sigues buscando
por la huella
de mis pies hundidos?

miércoles, 2 de noviembre de 2011


"Oh, ¿no era acaso el tiempo la sustancia de todo sufrimiento? ¿No era el tiempo la causa misma de todo temor y de toda tortura? ¿No se suprimiría acaso todo el mal, toda la hostilidad del mundo en cuanto el tiempo fuera superado, en cuanto se aboliera la idea del tiempo?"

 Herman Hesse, Siddhartha

domingo, 30 de octubre de 2011

Etapas del duelo



Propuestas por la Dra. E. Kubler Ross

1) Negación: Permite, como defensa, amortiguar el dolor ante una noticia inesperada e impresionante y perdura hasta que el Yo consigue asimilar gradualmente el golpe. Se expresa a través de un sentimiento arrollador de tristeza, con llantos abruptos y frecuentes. Inicia el proceso de duelo y lo que oficializa la realidad de la muerte es el entierro o funeral, que cumple varias funciones, entre ellas, la de separar al muerto de los vivos.

2) Ira: En esta etapa surgen todos los por qué. Es una fase difícil de afrontar para todos los que rodean al doliente, debido a que la ira se desplaza en todas direcciones, aún injustamente. Se dan múltiples quejas, todo resulta incómodo, cae mal y es criticable. Se entremezcla además, el dolor y el llanto, la culpa o vergüenza.

3) Negociación: Ante la dificultad de afrontar la difícil realidad, más el enojo con la gente y el entorno, surge la fase de intentar llegar a un acuerdo para superar la traumática vivencia.

4) Depresión: Cuando no se puede seguir negando la realidad, la persona se debilita, adelgaza, aparecen otros síntomas y se verá invadida por una profunda tristeza.  Surge un dolor denso por la separación, desinterés por el mundo, preocupación por la imagen del muerto, incluso pseudoalucinaciones, los sentimientos más deplorables emergen y suscitan caos y angustia. Se da el trabajo penoso de deshacer los lazos que continúan el vínculo con el ser amado y reconocer la ambivalencia de toda relación; todas las actividades del doliente pierden significado en esta fase. Va disminuyendo con el tiempo, pero pueden repetirse en ocasiones como los aniversarios y puede durar 6 meses o más.

5) Aceptación: Fase final, con una gradual reconexión con la vida diaria y la estabilización de altibajos de la etapa anterior. Los recuerdos del ser desaparecido traen sentimientos cariñosos, mezclados con tristeza, en lugar del dolor agudo y la nostalgia. No hay que confundirse y creer que la aceptación es una etapa feliz: en un principio está casi desprovista de sentimientos. Comienza a sentirse una cierta paz, se puede estar bien o mal solo o acompañado y, como en un ciclo, las posibilidades de que todo vuelva a la normalidad se avizoran mejor.

viernes, 29 de julio de 2011

Un poema de Óscar Acosta

La espera

La botella inundada de licor.
Los floreros con raíces difuntas.
Las paredes con los mismos cuadros
de reuniones antiguas y derribados árboles.
Los libros llenándose de silencio.
El cesto con mensajes vacíos.
La tinta y los recuerdos en la mesa.

Todo esto y tú no acudes todavía...

Óscar Acosta
(de Poesía menor)

viernes, 15 de julio de 2011

Poemas sueltos de Edilberto Cardona Bulnes


La Catedral

De arcilla. Greda y grave, cal, arena.
Y piedra, piedra, piedra, agua, yeso.
Y de espalda tirante hasta el cerezo,
hasta el tinto clavel, subió la pena.

Ascendió porque sí, dócil, morena,
y al falso del andamio, vino el hueso,
a tributar su novilunio espeso
ya fuera de los días y la almena.

Así llegó el milagro que la dora,
sin confesar quién la llevó al encuentro
del amado, total, que la enamora.

Y el que la alzó, oscuro, de su centro,
si se quiere ignorar, o se le ignora,
allí quedó, crucificado, dentro.


Carta para Mina

Mina querida, 
Mina de los perros y de los pájaros,
de los libros, la música y la virgen:
Como quiero escribirte una prosa ligera...
ligera  sí, como una brisa que va de un lado a otro
sin saber si se posa en los geranios ácidos
o en los azahares amargos,
o en la hierba escondida donde las garzas
abandonan la espuma que se traen de las nubes.
Una prosa delgada y fuerte como la ternura,
que te abrigue sin sofocarte
y te anime sin someterte.
Mina querida
de los perros que gozan de tus ojos enormes
como de dos soles glaucos,
como de dos lagos plácidos
en que desean bañarse y correr
por las playas de palmeras oscuras
y pasar la línea azul del iris
del último horizonte.
Mina querida
de los pájaros que la miran pasar
como una alondra más, nostálgica de los tilos celestes.
Mina querida
de los libros y la música,
de ellos que la sienten como una enfermera
de esperanzas curándoles las heridas,
como la madre que vela por ellos y los arropa
en las madrugadas del helado abandono,
peligroso, inseguro;
de la música que sabe de sus sinalefas de paz,
de sus ligaduras de justicia
del punto y coma de su perdón.
Mina querida
de la virgen que la toma,
casi por asumirla,
como una de las últimas florcillas
ocultas de la tierra dolorosa
entre las altas montañas de la duda y del odio
y negros torrentes de la sangre y las lágrimas.
Mina,
yo descanso también a la orilla del agua
como uno de esos hermanitos chiquitos
que te quieren,
y te doy esto ya,
que no sé qué es,
si prosa o no, es tuyo,
sino, no te lo entrego nunca.


Final del éxodo
            
Mi padre dejó de estar aquí un treinta y uno de marzo.
Se fue en la madrugada y se internó en la tarde.
A las últimas paletadas de tarde quedó un bulto
de nubes que lo tragó la noche.

Le vestí yo. Y mi hermano. Juntos lo pusimos en la caja. Mi madre,
buscó con Cristo una medalla, en cruz, para el pecho, y un velo
para el rostro, en su baúl, y una sábana blanca
que trajo un hondo olor secreto a sacro bosque.

Prendí la cruz en su camisa mía y le enlacé las manos como
lo hacía, dedo a dedo, sin pesares. No hubo menester de cerrarle
los ojos. Ni la boca. La cabeza la dejó, de lado, y el corazón,
oblato… así como si rozara una orilla blanquísima.

Yo no quería abrir la casa. Salí, dejándola cerrada
a telefonear a mis hermanas. Volví con Ángel. Mandé abrir la fosa.
Hice el altar. Ángel se fue a terminar unos encargos, y, por primera vez,
los tres: mi madre, él, yo, a puertas cerradas, cada quien quedó solo.

Yo hubiera deseado no tener que abrir. Me refugié
en mi corazón, en lo remoto blanco. Y no sé.
Pero tuve que abrir bajo o sobre mi corazón,
ante dios, desde él. Mi madre y yo rezamos solos.

A las tres doblaron. Mamá se sobó la frente, y dijo: “Vaya, pues,
que le vaya bien. Que dios lo bendiga”. Yo le palpé las manos. A las
cuatro fue la Misa. Y el coro del colegio lo subió a una iglesia de música.
Y sin ver aquí seguía yo oyendo en la luz ante el obispo acá a San Mateo.

Llegamos al cementerio. Vi descender la caja, caer la tierra a lo profundo.
Alfredo, un estudiante, como Tobit, agarró la pala, Moncho, y otros hombres,
y las manos sudando fueron como verano victorioso.
Niños aparecieron sembrando flores sobre la tumba alta.

El diez de abril quemé sus últimas cositas: —había ya quemado
su frazadita verde— su camita de ocote, su colchoncito,
su sabanita, su almohada, sus zapatos viejos, sus tres camisas,
su pantalón café, su pailita amarilla, su tacita acua, y su jarrito rojo.

Dos hermanos y yo le dimos fuego. Mi hermana se entró con Juana.
Bertha y yo nos quedamos viendo los últimos carbones.
Y lloramos. No había viento.
Las cenizas quedaron en el patio.

El lunes once di parte de su muerte. —"¿Nombre?”—Rafael.
1890. de Gregoria Cardona y de Lorenzo Andrada.
“¿Profesión?” —Zapatero. —“¿Escolaridad?” —Secundaria.
—"¿Deja bienes?”—… (El me enseñó a servir, a leer, a pensar…

Me dijo ya para morir: “Ya me voy. Me voy al cementerio.
Dios es el creador de todo el universo y de todos los hombres.
He tenido la fortuna de tenerte, que Dios te proteja”. Y viendo a José,
refiriéndose a mí, agregó: “Es tu hermano. Es tu hermano”.

Le pregunté que cómo se sentía, y respondió que bien.
Sólo dos veces lo vi en vida abandonar la cabeza.
Eran las vísperas. Ah, cómo deseaba volver a oírlo conversar,
referir leyendas, historias de caminos, una historia.

Jamás habló mal de nadie y jamás habló mal.
Unos meses antes que le leía no sé a quién y a Char, le dije
por ver si estaba atento “¿Te gustan?” —“Sí, mucho,
los dos son buenos”…No sé si era a Rimbaud.

—“¿Deja bienes?”
… pero Char es tan denso.”)
—Ninguno. (Eso. Esto. Este poema es suyo. Pero esto no es nada.) Nada.


Despedida

Dejar la paz construida con las penas,
lo poquito de un sueño medio hecho, 
el velo roto púrpura, y el techo
caído del laurel con azucenas.

Supo todo del vértigo, y apenas
una lágrima basta para el pecho,
y en el rico albañal que baja estrecho
lo que fuera mi amor se va en arenas.

Que esta casa se vino y era mía
se negaron de un golpe las ventanas
anulando los pájaros del día.

Me voy. No hay más. Mis manos van abiertas.
Aquí siempre mi amor en cosas vanas.
Detrás lloran los arcos de mis puertas...



* * *



Foto desconocida del poeta Edilberto Cardona Bulnes.
Cortesía de Juan Carlos Zelaya