"...interrogar nuestra propia y descreída mirada, indagar si podría sustraerse un instante a sus resabios, sus fatuos sarcasmos y descubrir imágenes capaces de desafiar el cataclismo psíquico y antropológico que representa un aprendizaje sexual como el actual, visualmente basado solo en la pornografía. Desde esta perspectiva cabe acercarse a Carrusel de (69) delicias. Y también desde todas las demás."
¿Qué es caminar juntos si no el largo camino que emprendemos entre el riesgo y la tarde? En la breve eternidad del corazón, las despedidas lo van dejando solo, solo, solo, hasta que un día él escucha la suya, más con nostalgia que con horror. La felicidad es la supervivencia entre la sombra que llega y la luz que cae. Y partir. Siempre parte alguien. Queda un pecho vacío como casa abandonada por su único habitante, por los encuentros humanos de pronto idos. Experimentar, he aquí el alud de sal en la noche secreta, el luto interior que las campanas extienden sobre el campo, el ¡ay! solitario que el tiempo se encarga de apaciguar como si la ausente hubiese prometido volver, quedarse entre los suyos como antes. Ah, el amor coronado de luces fortalecidas por los años que vuelven vivibles esperas y sombras. Ah, el amor siempre puesto a prueba por los hilos de araña del sueño y por las amplias batallas de la cotidianidad. Amar, nunca tiempo futuro sino ahora. Y aunque en el futuro los términos acechan, cada día el enamorado vive dos siglos y cada día es el instante del que ama. Ah, el último adiós, cómo deja solo al corazón en mitad de la noche, cuando las preguntas son blasfemias o respuestas como tumbas o barcos. Porque llega la doble estación del reencuentro: cuando la yerba es como la puerta por donde entra un pájaro o un ser humano parecido a otro ser humano que vuelve al amor y al hogar, entre los remos rotos, concluido el viaje. Y el fuego, otro.