miércoles, 20 de marzo de 2013

Fragmentos de "Formas del amor", Óscar Acosta


Niña invicta,
te he visto ya en las onzas españolas
Medardo Mejía


Mis manos tocan, niña mía, tu rumorosa piel,
tu dulcísima carne que tranquilos ángeles habitan,
tu cabellera suave,
tu corazón pequeño.

Oye la campana del día
apagando el luto de la noche,
mira la luz que silenciosamente nos cubre,
mira el cielo:
ese jardín sobre tu pecho;
respira el aire quieto
que el ruiseñor anuncia con su lanza,
conduce tu desamor
a un lago sepultado
y háblame con tus labios excelsos.

Llegué a sentir sobre las manos
el agua efímera,
el verano derribando sus torres,
el abismo cerrando sus ventanas,
el fruto abandonado,
el mar abriéndose las venas,
el fuego hundido,
hasta que tú, niña mía,
perfecta virgen repetida,
me entregaste tu rostro.

Veo que cerca la copa
confusa de las aguas,
busco tu claro nombre entre las rosas,
tú dulzura en la esencia de los árboles,
tu vigilia en el beso,
tu olor en los duraznos,
tu luz en el rocío
y me doy cuenta sorprendido
que todo me lo traes, niña, mía,
con tu mano sagrada.

Todo el silencia prodigioso
que rodea tu sueño,
el muro cotidiano
que protege tu incienso,
el invicto vacío
que antecede a tu espejo,
el vino alegre
que otorgas al invierno
y el aromado pan distribuido
que esperan tus alondras con denuedo,
dejando a tu pequeño paso,
niña mía,
un cántico perfecto.

Todo fluye de ti:
la pasión y la gracia
con tus armas doradas,
el amor familiar que traes y cuidas
en un virginal recipiente,
tu tierno acento que alegra
mi corazón de hombre,
el perfume secreto
que decorosamente te inunda;
venciéndome siempre,
niña, mía,
tu cuerpo blanco y dulce.

(…)

La vida nueva, la flor diaria
llega a tu aposento,
tú estás familiar y solícita
sonriendo entre blancuras limpias,
todo se mueve alrededor
de tu renovada luz,
de tu esplendor creciente,
todo lo ordena tu rostro necesario
y tú esparcido amanecer;
niña mía,
tu nombre es una lámpara.

Los dioses de la alegría
acuden al llamado de las horas,
sobre la tierra los hombres
destruyen los intactos geranios
y en las frías cámaras el asombro
transforma con su vapor
los climas y las ardientes aguas,
mientras tú eres,
niña mía,
en este escenario circular
el mejor exponente de la dicha.

En la escritura apareces:
diríase que tu reino
llega a amover siempre en mi mano,
que marcas con tu fuego benévolo
la extendida piel de la primavera,
que tu olor viene en vasijas
de cedro armonioso y alto
y que tu nombre se escribe
acumulando, niña mía,
todo el rocío del mundo.

Congregadas esencias
forman tus ojos oscuros,
tu cabello dorado por las olas
y los ceñidos aceites,
tu sonrisa de niña sorprendida
partiendo una manzana roja,
brazos desbordados tienes,
manos de alondra tibia,
salabas inaugurando la alegría;
eres un hermoso descubrimiento
que llena el día de gozo.

(…)

Podría desterrarte
a submarinas estaciones,
perpetuos líquenes
confundirían tu cabellera,
peces cuya inocencia
no concibe la muerte,
olores sumergidos
bañaría tus incesantes manos
y ungirían tu dermis,
árboles de sepultadas hojas
te abrazarían fraternos,
liquidas densidades
guardarían el eco
de increíbles sucesos,
placas de delgado rocío
captarían tu verdadera imagen,
hierbas de finísimas  venas
grabarían  un himno a tu dulzura,
mientras la superficie  te recibe
complacida,  después que tú abandonas,
niña mía,
un acuático reino.

En la tierra tendría,
que devolver tu rostro
a una estación perfecta,
enviar tus ojos profundos
a una jaula de golondrinas,
remitir tu voz intima
a una cámara de néctares,
con la seguridad que todo
regresaría intacto.

Desde tus labios,
niña mía,
me habla la primavera.

Desde tus ojos,
niña mía,
me llegan los perfumes.

Desde tus dedos,
niña mía,
me toca la caricia.

Desde tu cuerpo claro,
niña mía,
me vigila la nieve.

Desde tu lecho,
niña mía,
me llega el agua.

Las alondras ciegas, la humedad,
los ríos abandonados
y todo aquello que no tiene calor
entre tus manos recobre vida
pues constituyen un alimento nuevo,
un cereal ignorado,
un vino alentador,
una bebida láctea,
un completo reposo;
cúmulo de aventuras
contra la posesión de la tristeza.

Los vegetales, los arácnidos,
las aéreas  parásitas,
la raíz de la hierba,
el fulgor de las uvas
silvestres, el imán
que desprende el gorrión,
todo lo natural
erige su alba cúpula
para poner tu nombre
en una tienda simple
y al ver allí, el azúcar
de envidia pierde su dulzura.

Te saluda el roedor
con su marimba líquida,
la brevísima abeja
entusiasmada y repentina
saca a la calle su cristalería
y el sapo del jardín
como vívido fruto
toca su redondo teléfono.

Entre los escombros y el fuego
sale tu corazón completo,
insensible al olvido,
refractario a la sombra,
sorda a las estridencias
y vengador de los geranios.

(…)

Hasta ahora, no conozco nada
más fúlgido que tu sonrisa,
nada más tierno que el reloj
que golpea tu corazón  a cada instante.

Eres pequeña y blanca
como una casa nueva
en que se vive en un grato reposo
y a su interior solo llegan recuerdos
de sucesos amables
creciendo entre los árboles.

Tú presencia dulcísima
sigue mis largos pasos
a un recogido universo
bajo caseros astros
y tus dos manos son verdaderas
porque nacieron de mi sueño.

A tu verde corazón acuden
las hambrientas palomas
como a los campanarios
de tranquilas iglesias
donde se encuentra la bondad
en canciones y aromas.

A veces cuando viajas
con tu falda de algodón
y un bolso bajo el brazo,
por el costado izquierdo
me entran ganas de llorar,
porque ya no te veo,
porque no vuelves rápido
y temo perder como un niño tonto
la dicha de tu rostro.

De tus palabras, al hablar,
caen en la noche un dulce son
de nórdicos contornos
que iluminan el silencio  nocturno
y lo arrojan como un caballo muerto
en el cementerio del mar.

La soledad está exangüe
ante la hierba de tus plantas
y en ellas reciben sustento
los insistentes sueños
que celebran tu hallazgo;
tú descubres un continente nuevo,
inesperado y melodioso,
invicto a los escombros y al olvido;
niña mía.

Tú no traes el júbilo,
en los libros, en las frutas y besos;
en lo que verdaderamente amamos.

No podría seguir rodeando tu nombre
de escritura. Aquí junto  a su sueño
quedamos juntos. Esto es todo.
Las formas del amor
me permiten decir en voz alta:
niña mía,
descubierta tu dulzura total
tenía que decir estas palabras.



PD: Feliz cumpleaños :)