viernes, 14 de diciembre de 2012

Selección de poemas de "Descendientes del fuego" (1987) de Livio Ramírez


I
Los amantes

Descendientes del fuego
los amantes son niños salvajes
ferocísimos seres
que no atacan a nadie
descendientes del fuego
no miran
no tienen sentido de la distancia
se precipitan en sí mismos:
de ceguera y fulgor están armados.


IV

Es el verano que ama el cuerpo de la noche
sonríes
con dulcísimos relámpagos
el sol sueña extendido
sobre tus hombros de cristal
estás viva  estás viva
es humana la luz
el tiempo te obedece
en tu rostro resplandece mi vida
bajo mis manos creces
tu esplendor te desborda
la estación cabe entre tus pechos
fiera de insomnio
el mar vigila
el curso de tu sueño
todo el fulgor del día mana de tus cabellos
el árbol del deseo
extiende tus oleajes
isla blanca tu espalda
vía láctea tu cuerpo
háblame con tus labios maduros
háblame
destruye dulcemente
el espacio que odiamos
pronuncia esa palabra que me saca del tiempo.


Recorro la ciudad

A la velocidad de un fantasma
recorro la ciudad:
si esto tuviera rostro
la golpearía,
lo atacaría de frente
como a un enemigo
a quien se odia
desde el centro del odio.

Qué peste disfrazada:
escaparates
que nada tienen que ver con la vida.
Lujosos edificios
donde se planifica la barbarie.

Amor:
me duele esta monstruosa maquinaria.
Ven, amor mío,
acércate.
Apágame esta noche
que me devora el pecho.


Selva veloz

Casa con unicornios
casa de pecho abierto
selva veloz
estatua que sólo corre hacia la primavera
tal es el tiempo de los que se aman.


* * * 
Los amantes abren el día.
La vida: más golpeada
pero ellos la levantan
en secreto  en silencio.
Ha empezado la guerra:
con su amor han sitiado la ciudad.


Ventana

Su ventana es un ojo encendido, implacable.
De noche
los amantes contemplan la ciudad:
arquitectura de odio.
Verdores arrasados.
Muros que alza el terror.
El oleaje del día muerto sobre la plaza.
Los amantes se miran.
Les florece la rabia
como si fuera un pacto.


Dime

Oh vida, oh vida:
¿soy yo aún el que aquí
desfigurado arde?
Rainer María Rilke

Dime, ¿tú entiendes esto?
¿Miras, igual que yo, cómo crece en nosotros
esta niebla atroz,
cómo nos borra con un odio lento?

Miras, igual que yo, cómo se pudre el cielo,
ahora que cuento todas las heridas
bajo esta paz estúpida que queda
después que hemos amado
como dioses o bestias. Respóndeme:

¿Oyes caer la sangre de esos días
en este mismo sitio donde yo escupo mi impotencia
y escribo con rabia la palabra Amor
y un olor a víscera y espanto
flota sobre mis papeles?

Dime
te derriba también
este alarido,
que rebota
en los muros del infierno,
este rito de ciego
en las últimas gradas de la muerte.

Ah querida:
Amor que ya no eres mi amor...
He aquí el desastre,
el abismo inmensamente presentido.
La ciudad convertida en una enorme cicatriz.
He aquí el tiempo,
nuestro tiempo,
con la columna rota.


Monólogo

Por el amor comenzará destrucción. 
Por el amor todo tendré que hacerlo nuevamente.
L.R.L

Hay en el pecho un cráter
idéntico al cadáver del mar:
el desamor,
sus garras,
sus insaciables garras de cristal.

Basta.
Basta. Incorpórate.
Abandona tu insomnio erizado de espinas.

Aparta la jauría
invisible y brutal.
Sal y enfrenta
los filos de lo oscuro.
No te detengas, sigue:
es hora
de que arrastres la noche por los cabellos.
Oblígala a caer en este pozo
en donde no terminas de ahogarte.